Un hombre sin biografía

¡Lo que son las cosas de la vida! Hace unos meses, con escasa excepción familiar, nadie conocía a José Alfredo Hernández Mayoral. De usted identificarlo, lo único que lo distinguía (si se puede llamar así) era ser hijo de Rafael Hernández Colón, persona que sin relevancia alguna para la historia patria, moró, pernoctó, vegetó y cobró en Fortaleza por algún tiempo perdido. José Alfredo no existía para Puerto Rico, porque como decimos en el Pepino, el pobre hombre no componía nada. Su trascendencia e impacto social, en este país que tanto necesita de liderato bueno, no era ninguna. Un tenista o golfista más del montón, en eterno juego de clase dominante pensando diariamente en qué cancha exclusiva jugará o en los chichoncitos verdes del campo de golf.

 Si usted fuera su biógrafo, descubriría que es hijo de papi y mami, y que estudió, casó, procreó, arrastró las piernas y nada más. No hay constancia pública de una anécdota, evento, sacrificio, comentario, chiste, escrito, trofeo, placa, reconocimiento, pergamino, cinta dorada, laurel, corona, triunfo, aportación, idea, metida de pata  o trifulca. Nada que usted no pueda decir en dos o tres oraciones. Bueno, no tan así. Nuestro narcisismo criollo es loco dando reconocimientos, por lo que podríamos encontrar algo por ahí, además de las noticias que surgieron cuando lo de la reválida y la revisión. Hasta ayer, era como cualquier hijo de vecino que no fuera candidato: un hombre bueno.

Pues fíjese lo que hace la publicidad. De buenas a primeras, aparece José Alfredo en nuestro hermoso ambiente político. Desde que lo divisé pensé «esa chaqueta quiere invierno». Mágica y repentinamente, se descubre al hombre más destacado de nuestra nación en el último escurre del siglo. No sólo eso, y según la prensa, el agraciado sibilino resulta ser sangre nueva, joven, superinteligente como ninguno, genio, educado, con una formación profesional de madre, locuaz, tribuno, capacitado para todo, trabajador, soñador, revolucionario, periodista, escritor, líder carismático, mamito y un montón de cosas más. Cualquiera se confunde con su magnificencia y prestancia y hasta puede llegar a creer que se está hablando de don Pedro Albizu Campos, Betances o de Diego. Como dice Martín, este hombre nació en tercera y cree que bateó un triple.

Ante tanta distinción, es necesaria la formulación de dos preguntas: ¿Dónde estaba este titán durante tantos años? y ¿Qué busca ahora? Este señor es abogado. Si es abogado, debemos presumir que abogaba, que hacía algún reclamo justiciero para alguien. ¿Quién era ese alguien? No lo sabemos. ¿Qué era lo que pedía para ese alguien? Tampoco lo sabemos. ¿Dónde estaba su oficina? Igual. ¿Cuál era su práctica? Más igual. Es posible que tan sólo sea licenciado, pero ni de eso podemos dar fe. ¿Qué sabemos? Pues por lo que no se dice (¡y cuidado que él quisiera que se dijera algo!) nunca abogó por nada ni nadie. De haber ocurrido, nadie se enteró tal vez por lo intrascendente de su reclamo. Nunca se comentó que defendiera una causa noble que no fueran las últimas que persiguió en desesperada carrera para montarse en el pon de casos simpáticos electoralmente. Tampoco se dijo que defendió una idea, un pajarito, una flor o a Moisés el manatí. Ni pensar que en su «curriculum vitae» se pueda encontrar una reseña de militancia en causas del pueblo. Su limbo e inexistencia lo excluían de formar parte de eso que ahora llamamos sociedad civil. No formó parte de grandes bufetes, ni el suyo relumbró por nada de nada. Debemos suponer, inclusive, que en la mercantilista práctica de su licenciatura (así como lo escribí) tampoco tuvo grandes clientes ni ingresos como los que la sociedad, en la cual caculea, le requiere y presume que tenga un espécimen de tal naturaleza. ¿Qué busca ahora? Me niego a pensar que de buenas a primeras descubrió a Romero el comisario y quiera venganza. Eso, sencillamente, no puede ser (a menos que el hombre sea un perfecto, redondo e inmenso despistado). Oiga amigo, Romero es el que le ganó a Papi, el de Maravilla, el que le volvió a ganar a Papi, el que caminó, durmió e hizo de todo donde usted y su familia antes lo hacían y donde luego lo volvieron a hacer. ¿Lo descubrió ahora?

Tiene que haber algo más. Sé que estudió en el Norte, se hizo hombre allá, y adquirió su formación profesional en ese país de cuatro estaciones con todo y nieve. Hay veces que los egresados hablan mal de sus universidades o es un embuste eso de los prestigios universitarios. Es posible que sienta que nuestro país le queda pequeño, o que no se acostumbra al trabajo mal remunerado de su práctica, y prefiera las candilejas, poses, clima y regodeo federal. Todo es posible, incluyendo la atracción por el salario de comisario de mentira con todo su podercito, chaqueta y rimbombancia. Eso lo digo porque, cuando Sila de Calcuta intentaba repartir el bacalao, supuestamente usted le dijo que no aceptaba ser candidato a un puesto en la legislatura de Puerta de Tierra porque le pagaban poco. Quizás, sencillamente, esté buscando trabajo bien remunerado donde sea, gane o no gane.

Así que usted no se preocupe si este fenómeno borincano no recibe el beneficio de una primaria incolora e insípida. Ya este señor ganó. De abogado sin prestancia pasó a superhombre, que en adelante, será consultado para lo que sea. La política de su papi, ya le tiene reservado un lugar de prominencia desde el que hará gestos de intelectual (profundísimo pensador) y repartirá el bacalao. De paso, con presea o sin ella, los contratos lloverán, las igualas engordarán, la fama lo hará flotar sobre el pueblo; no ya como el nene de papi, sino como un hombre que salió de la nada a resolver sus problemas personales y así porque sí, abundantemente, lo logró.