Cobro de dinero

Don Antonio Luis Ferré, Presidente,

Junta de Directores y Editor,

El Nuevo Día:

Señor Ferré, le escribo con la vergüenza más grande del mundo para que me pague, a la mayor brevedad posible, los $13.65 que me adeuda desde hace un mes. Tal vez, ya la deuda se haya duplicado, pero como no he recibido el estado bancario del mes corriente, no puedo dar fe de ello. Como usted sabe, la cuenta se originó cuando este pobre diletante pepiniano, fue sorprendido con una llamada de una joven que me ofrecía la entrega diaria de su periódico en la mismísima puerta de mi casa, lloviera, tronara o relampagueara. Habiéndome cucado los resortes de la vagancia y el «confort», inmediatamente, le dije que sí a aquella meliflua voz hecha a la medida para sus labores. Soy un fanático fuerte de su periódico al igual que lo soy de las demás publicaciones de nuestra isla. Aunque el suyo tiene un reguerete de páginas que lo deslucen y desalientan el meterle mano, de todos modos me gusta porque sí, por lo mismo que me gustan los demás y porque tiene la edición dominical donde aparece usted, Luisita y sus perros satos en pon de rico.

Siguiendo con lo del cobro de dinero, me alegré muchísimo con su promesa de entrega en la puerta ya que me evitaría tener que estar buscando de puesto en puesto. Fue una total desilusión cuando pasaron los primeros días y, levantándome más temprano de lo acostumbrado, me quedaba esperando a que el montón de letras llegara. Al principio, miraba cada vez que alguien se acercaba al portón y tomando la manecilla de la puerta, casi la abría al sonido de cualquier viandante o automóvil. Me atrevo a decir que hasta un poco nervioso me ponía y vergüenza me producía que los vecinos me vieran esperando tan furtivamente algo que no llegaba y que no sabían lo que era.

Vivo casi en el centro del pueblo del Pepino, esto es, en el área urbana. Mi casa está bordeada por la Quebrada Salada, aquella hembra agua mancillada de gráciles curvas de la que tanto hablé hace un tiempo y que nadie me hizo caso, por lo que la pobrecita continúa recibiendo las heces fecales que la honesta, limpia y francesísima Compañía de Aguas diariamente le obsequia como si fueran títeres defecándose en la Torre Eiffel o en los Campos Elíseos. Lo que quiero decirle es que llegar a mi casa es muy fácil, a menos que pregunte en el Municipio por mi dirección. Ellos no la conocen porque nunca se asoman por la Hostos interior, aunque sea a ver los boquetes del camino de los que ya asoman hermosas hierbas florecidas. Siempre he creído que el alcalde lo hace para reventarme la vida y tumbarme la pajita del hombro, pero el pobre antilopón debe buscarse a uno de su tamaño. Así que no es excusa que no me encontraran para la entrega, porque los demás periódicos llegan choretos y nadie se ha quejado de la dirección.

Lo que no me explico es cómo es posible que usted, el hijo de su papá, esposo de Luisita, padre de sus nenes y dueño de los perros a los que tanto quiere, un hombre que padece de tanta depresión, de reclusiones continuas y que se tiene que estar cuidando porque hay un montón de medios que lo están velando, se le ocurra cobrar directamente en mi cuenta sin hacer mínimamente una llamada para corroborar la entrega de sus papeles. Si yo fuera Moisés Cancel o Pepe Santiago,  torpes ratas de la antigua división de brutería de la Policía de Puerto Rico, lo choteaba en alguna de esas agencias del gobierno que se dedican a perseguir y a acusar a los pobres por cualquier bobería, para que lo investiguen por apropiación ilegal (que podría convertirse en agravada) y por un reguerete de delitos más que ellos siempre se inventan para reventar al que quieren fastidiar. Me imagino a los muchachos de la Policía que visitaron el cumpleaños de la bebé de un añito de Loiza, visitándolo a usted, y se me paran los pelos. Pero olvídese de eso porque no lo voy a hacer. Nada más piense a cuántas personas más, bajo una promesa falsa, le ha estado metiendo la mano en sus bolsillos. Si multiplicamos la pobre cuenta mía por unos cuantos números, el resultado podría ser un gran tumbe de muchos chavos y desilusiones.

Fíjese lo buena gente que soy, que no le voy a ajotar investigaciones ni a revolcar ningún avispero, aunque sé que usted es inmune a esas cosas y que está a prueba de balas, como decimos en el Pepino. Tampoco se lo voy a soplar a su pana Danilo Arbilla, Presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa.Tan sólo quiero que me devuelva mi dinero. No es mucho, lo sé, pero es más una cuestión de orgullo que otra cosa. Jamás me imaginé que pudiera ser mi deudor aunque sea por una centavería. De paso, le adelanto que no hay enojos. Siempre seguiré comprando su publicación y jamás haré como aquellos trogloditas amigos suyos que lo boicotearon cuando usted hablaba del angelito de Roselló, y nosotros le servimos de esquiroles. Por favor, no investigue si algún despistado entregó mi periódico en otra casa porque ya investigué y eso no ocurrió. Tampoco se le ocurra tomar represalias ni regañar a nadie haciendo un papelote de sorprendido e indignado, tipo Fajardo cuando comenzaron a investigarlo.

Como el piquete se demuestra bailando, y no importándome lo que haya pasado, continuaré visitando todos los días en la mañana a mi amigo Digno y diciéndole: «dame el de Antonio Luis».

Espero por el chequecito. Uno no se queda con lo que  no le pertenece.