Confesión

En 1898, en Washington, D.C., se dictó la Orden General 192, declarando que el idioma oficial en el gobierno de Puerto Rico, sería el inglés. En 1902, se ordenó, a la cañona, que la educación de todos nuestros niños fuera en dicho idioma. Así fue durante la primera mitad de este cansado siglo. El resto de esto que parece un cuento, pasando por el Príncipe de Asturias hasta llegar al casi príncipe Fajardo, usted lo sabe.

 Modesto Colón Soto, mi padre, me contó lo mucho que sufrió en una escuela rural de Moca. Nació en español y lo mamó desde el regazo, pero con halones de pelo, varitas agresoras, insultos y humillaciones, se pretendió que renegara de su nacimiento y renaciera en otro idioma. Su orfandad y falta de recursos hacían casi imposible sus estudios, pero fue por el atropello en inglés que dejó la escuela. No pudo más y huyó de aquella jeringonza abusadora que lo desnaturalizaba y lo hacía sentir incapaz y fracasado. Tiempo después, me habló de sus sinsabores con el agresor idioma llegado en barco a son de tiros y cañonazos. Lo recordaba como insulso lenguaje impuesto a la trágala. Dicen que fue mala del viejo, porque a partir de aquella edad en que tan sólo se tienen amores, desarrollé una especial aversión contra el maldito idioma, que me hizo acreedor de múltiples fracasos en él, desde escuela elemental hasta universidad. Fui buen estudiante (más bien del montón, de ese montón al que todos pertenecemos) en todas las materias, excepto en inglés, donde estoicamente recibía las peores y más escandalosas calificaciones. Decidí desaprovechar en algo tan fácil que hasta los gobernadores de mi patria lo dominan y uno que otro legislador y jefe de agencia también. Me cayó encima Reymundo y todo el mundo. Haciendo de caja de resonancia de la verborrea oficial, los que se adjudicaban luces intelectuales por su bilingüismo, me decían fracasado, que cómo era posible, que el idioma del éxito era el inglés, que si no lo aprendía estaba frito, que en él se hacía el comercio, la medicina, la computadora, la aviación y el turismo y un paquete de sandeces más. Si no dominaba aquel idioma universal, iba a ser un fracasado, inútil e ignorante. ¡Salve César!

Ya graduado de la Universidad de Puerto Rico, sin saber inglés, y luego de muchas vivencias y desfallecimientos, comprendí que durante toda la vida me habían tomado el pelo. Descubrí que no es cierto que el comercio en el mundo se hace en inglés, que se puede diagnosticar, recetar y sanar en español, que se puede programar en castellano, que se puede volar seguro con un Pepe Pérez al mando de un 747 diciéndole a la torre de control: “Aquí Pepe Pérez, indique la pista disponible, cambio” y se puede hacer turismo en mi idioma y alcanzar en él la felicidad y la distancia.

Créame que el ausentarme del inglés, me costó trabajo. He tenido que soportar a un montón de imbéciles que desconocen lo que sé pero se sienten autorizados por mi desinglés a cuestionar mi normalísima inteligencia y conocimientos. He tenido que tragarme a uno u otro que con aparente idiocia y aire de superioridad de bobo, me mira de reojo cuando declaro mi intencional desconocimiento, como si fuera un fenómeno raro, y he tenido que hacer esfuerzos supremos para controlarme cuando algunos que cojean de las neuronas me preguntan en son de burla e insulto, ¿que tú no sabes ingléees?

No lo sé por elección, asignación y convicción. No me gusta, no lo quiero, no me agrada como suena, se escribe y se habla. No deseo aprenderlo, no me hizo ni me hace falta, y para el lugar al que a pasos agigantados me avecino, tampoco. Lo odio y durante toda la vida he tratado de olvidar lo poquito que accidentalmente aprendí por culpa de unas cuantas neuronas indisciplinadas, encandiladas y entremetidas. Lamento contrariar a los que confunden cultura con bilingüismo, idioma con inteligencia y manos con piernas. Los que saben inglés, saben inglés. Eso no es bueno ni malo, eso sencillamente, es. Este es el único país donde se pretende hacer valoraciones morales e intelectuales del conocimiento de un idioma. Cristo no sabía inglés y predicó el amor. Clinton lo sabe y lanza bombas y otras cosas. El que quiera aprender inglés, que aprenda inglés. Cada cual decida lo que quiere o no quiere, pero que el gobierno no nos empuje el soso y ajeno idioma, con miedos apocalípticos.

Aunque a Carlos Romero (a quien charlataneramente el Instituto de Cultura premió por defender el español) le cause cefalea, todo lo he aprendido y hecho en español. He conocido a los grandes clásicos de la literatura en ese hermoso y bendito idioma. Me falta mucho por aprender, pero lo haré en mi dulce y armónica lengua y tal vez, algún día hasta escriba un poema. He sido hijo, esposo, padre y amigo en español. He amado, sentido y soñado en mi idioma y mis amores, sentidos y sueños no admiten traducción.

A los Carlos de la vida de este país de chistes, me apena mucho decirles que he triunfado (ese triunfo relativo que todos deseamos) en español a pesar de los pesares que ustedes conocen. No los habré complacido, pero honré a mi padre y moriré en su idioma.

Coda. Y si a alguno de los que se jactan de ser morones en dos idiomas se le ocurriera decirme algo en el mal llamado difícil, sepa que mi contestación siempre ha sido y será, “Unjú, pero igual para usted”.