Las dos casas de Elián

Por más que uno desea que el comienzo de una nueva semana sea el presagio de un mejor acontecer, no lo logra. El domingo 9 de abril de este año cualquiera, me enredé con la primera plana de El Nuevo Día. En el encabezado superior aparecía un retrato y titular bobo del ya cansón senador Marrero. Debajo, otras letras de papel que decían:  “Acoso sexual a ritmo rápido, mujeres denuncian más que hombres”. Recordé otro titular noticioso igualmente impresionante y ridículo de una revista de farándula que decía a grandes letras, con signos de exclamación y todo, que a un artista le había dado dolor estomacal por comer mucho.

 

Lo que más me reventó, y como dije antes, me dañó el comienzo de semana, fue el lado izquierdo de la página. En ella había dos fotos. En la superior aparecía una casa perfectamente blanca entre otras dos estructuras, una blanca y otra amarilla, sin otra armonía arquitectónica que la de los colores brillantes de sus pinturas o el retoque rolo o a ratón de ordenadora de editor prejuiciado. El primer plano de esa foto lo dominaba una gruesa señora y un caballero que cargaban una enorme y hermosa bandera cubana. Diecisiete personas más los acompañaban, tres de ellos con paraguas abiertos. Al lado derecho, la bandera estadounidense tímidamente se asomaba, como si con todas sus estrellas alumbrara y supervisara a la concurrencia.

 

La otra foto, la inferior por su posición, mostraba una estructura algo parecida a las coloniales sanjuaneras con rejas en su lado derecho y puerta sólida de madera gruesa abriendo sobre marco igual. No tenía retoque de pintura y la que tenía, más cal que otra cosa, parecía ser la original. Nueve personas, humildemente vestidas en actitud de espera (uno de ellos asomaba a la puerta sin camisa), se encontraban reunidos enfrente. Al igual que en la otra, una joven de talante cansado, que por su belleza manifiesta sería la envidia de la primera que cargaba la bandera, dominaba el primer plano cargando entre sus brazos una muñeca de rubio pelo hirsuto. En la pared de la casa, se apreciaba un pegadizo que en letras rojas decía:  “Que regrese Eliancito a su pupitre”.

 

Debajo de ambas fotos, la siguiente leyenda: “Las dos casas de Elián”. Como si se tratara de uno de los profundos mensajes del presidente de El Nuevo Día que ansiosamente esperamos todos los domingos para deleitarnos de su estilo y vacuidad única, el texto al pie comentaba: “El pequeño balserito cubano, Elián González, quien desde noviembre vive como el centro de la noticia, luego que fuera rescatado del mar en una trágica travesía en que falleció su madre, está en estos momentos entre sus casas: la de sus parientes en Miami (arriba), que a toda costa no quieren dejarlo ir, y la de su padre en la ciudad de Cárdenas, Cuba, quien, también a toda costa, desea llevarlo de regreso. Todo parece indicar que el niño deberá crecer y desarrollarse en el vecindario que se muestra en la foto inferior”.

 

Y es ahí, precisamente, donde se me pega el vellón dominical, primero de la semana. Ese lamento morboso de “Todo parece indicar que el niño deberá crecer y desarrollarse en el vecindario que se muestra en la foto inferior”, es un insulto a los que crecimos y nos desarrollamos en vecindarios similares y a los que, aún hoy, por cientos de miles, crecen y se desarrollan en circunstancias idénticas, parecidas o peores en Estados Unidos y en Puerto Rico. Es el cuento de siempre: criminalizar la pobreza. Es clasificar, catalogar y discriminar contra fachadas y exteriores. Es humillar y vejar circunstancias ajenas y distintas. Es hablar mal de los pobres, no de la pobreza. Es maldecir la humildad y no saber distinguir entre forma, contenido y fondo. Es Roselló ocupando un residencial público. Es confundir el lujo con la decencia y los valores con los colores. Es comparar bizcochos de escaparate repletos de glaseado pero huecos por dentro, con el pan nuestro de cada día. Es encontrar bueno e inteligente al maniquí por su ropa, belleza y prendas. Es burlarse de la pobreza de María y José y de la cuna de Cristo.  Finalmente, es un poco vergüenza e insensibilidad del periódico que me dañó el comienzo de semana.

 

Hay dos casas para “Eliancito”, como le llaman llenos de ternura todos los que lo quieren utilizar de logotipo, pero hay una sola casa que es su hogar.   No sé si allá en su Cuba se alimentará igual que en Miami, no sé si tendrá Nintendos, televisores, juegos, adornos, chucherías y asientos cómodos en escuelas modelos. Realmente, no lo sé, pero estoy seguro que para él, en Miami, tan sólo hay casas lindas recién pintadas, grandes y lujosas que se asemejan al bizcocho y al maniquí. En otro lugar lejano, le espera un humilde hogar y un pupitre, lo que ello signifique para los que al igual que Elián, tuvimos hogares similares y crecimos y nos desarrollamos en ellos a pesar de El Nuevo Día y su primera plana del 9 de abril de este año cualquiera.