Prejuicios, abusos y reacciones

Hace años, un megalómano político, hacía un cuento en algunos de sus discursos, que aunque con aspiraciones de parábola, era de mal gusto. Y no importa lo que usted crea, aquí va el cuento.  El elocuente tribuno decía, que el estadounidense promedio era escandalosamente racista. Como prueba de ello, contaba que en un Estado del Sur, un musulmán negro, por economizar tiempo, evitó pasar por un andén o acera de piedra. Tomó un trillo o vereda que había entre dos edificios públicos.  Desgraciadamente, en el camino pisó la abundante y cuidada grama que adornaba el patio de las estructuras gubernamentales. Dos gigantescos policías, con todo y cara de serios, tipo Robocop, inmediatamente arrestaron al hombre y lo llevaron ante la justicia. Al llegar, como si se tratara de un caso administrativo del Municipio del Pepino contra la Cooperativa, bajo la administración del PNP, el juez les dijo: “díganme por qué delito debo determinar causa contra este canalla”.   Los hombres le explicaron la barbaridad cometida contra la seguridad y bienestar del Estado. El magistrado, temblando de rabia, no sólo se reafirmó en su instantánea determinación de causa, sino que ordenó su ingreso en la cárcel sin derecho a fianza hasta el día del juicio.

 Continuaba diciendo el político, que el musulmán negro, luego de estar sumariado por seis meses, finalmente, fue llevado ante el juez que lo juzgaría.  Por no contar con recursos económicos, le asignaron un abogado de oficio,  con dos semanas de experiencia. El letrado estaba frente a un fiscal mudo, pero que sabía muy bien el lenguaje de señas. A pesar de todos los malabares jurídicos que el abogado hizo mientras, incesantemente, funambulaba en la cuerda floja del desacato, no pudo probar la ya perdida inocencia de su cliente. De más está decir que la sala estaba atestada de blancos que por más que el alguacil intentaba evitarlo, se mofaban y reían del musulmán negro acusado de pisar la grama. Cuando el proceso terminó y se dictó fallo de culpabilidad, el público que abarrotaba aquél salón-paredón, gritó eufórico provocando un fuerte malletazo que llamaba al orden y amenazaba con desacatos, órdenes y mandamientos. Como si se tratara de capítulos de una novela televisada, gota a gota y chispo a chispo, el juzgador señaló la fecha del dictamen de sentencia para unos cuantos meses después.  Mientras tanto, el hombre continuaría encerrado. Llegada la fecha de la sentencia, se formó tremendo tapón en la ciudad y desde la madrugada, el público esperó paciente bajo un copioso aguacero a que el juzgado fuera abierto para poder ocupar los bancos de madera con grafito inglés, y escuchar la pena que se le impondría al diabólico e infiel delincuente.

Llegó la hora. El juez, quien estaba pendiente de ser renominado por el partido contrario al que originalmente lo había nombrado, y a quien el fiscal no le quitaba los ojos de encima mientras tomaba notas, llamó al orden. El público enmudeció. Con gran solemnidad, carácter y grave voz, el hombre habló: “Señor musulmán, por la falta grave que usted ha cometido, por la ofensa a nuestra tranquilidad, seguridad, valores, religión y estética, y luego de tomar en consideración los días que ha permanecido encerrado esperando por juicio y sentencia, este tribunal será condescendiente con usted.  En el nombre de Dios, en el cual “we trust”, se le condena a pelear en el estadio estatal, cuerpo a cuerpo, con un león. De usted vencerlo, se podrá retirar a su casa, en el extranjero, de no poderlo vencer… es su problema”. Con gran alegría, el público aplaudió y hubo más de dos o tres llamadas al orden con fuertes y falsas amenazas de desacatos sumarios, multas y cárcel.

Después de todos los prejuicios y atropellos, el convicto no esperaba nada menos. Llegó el día de cumplir la sentencia. El recinto estaba lleno a capacidad y dicen los que allí se encontraban, que hubo quien pagó hasta $1,000 por boleto. Luego de tocar la fanfarria de rigor y de quemar una que otra bandera de origen, el convicto fue arrastrado hasta el centro del parquesote descomunal donde había un hoyo como para enterrar un poste. Los hombres sembraron al criminal hasta el cuello, le echaron tierra a su alrededor y la pisaron para evitar que escapara.  Su único movimiento era abrir y cerrar la boca y los ojos.

Soltaron al león. El muy bandido corrió hasta su presa y pasándole por encima como alma que lleva el diablo, le arrancó una oreja. El público, eufórico y loco de emoción, gritaba y aplaudía delirantemente mientras se empujaban su Miller con “pop corn” y otras chucherías. Por segunda vez, y luego de posicionarse en la distancia como si fuera un corredor de cien metros, el maldito animal arrancó hacia su víctima, pero en su irracional y confiada carrera, puso una pata enfrente de la boca del musulmán y éste, en movimiento de autodefensa y desesperación, se la mordió. El león sacó un chillido y por inercia, continuó su carrera cojeando. Fue en ese momento, en ese preciso momento, en que todos, absolutamente todos los espectadores se pusieron de pie y, como si lo hubieran ensayado por mucho tiempo, le gritaron al musulmán negro: ¡pelea limpio, musulmán sucio!”.

El prejuicio, el abuso, el atropello, el proceso, la sentencia, la grama y el público, estuvieron mal, muy mal… y tal vez hasta la mordida también. Nadie aprendió nada… y del político que hacía el cuento, ni se diga.