A punta de macana

Doña Sila, no sé cuán sensible y buena sea usted. No lo sé, pero como en mi casa me enseñaron a respetar, en particular a los mayores y a las damas, voy a presumir que para este otro nuevo comienzo que se avecina, es usted la más noble, íntegra y todas las demás cosas buenas que se puedan decir de una gobernadora. No tengo prejuicios contra usted pero, por si cree que los tengo, voy a asumir que es como una Teresa de Calcuta, a quien con las pocas entendederas desentendidas que poseo en asuntos eclesiásticos y divinos, hace rato la declaré venerable y santa. No le di mi voto porque no soy Popular ni ningún facsímil razonable, pero presumiendo su corrección y buena fe, a la soltá le doy 100 puntos, y que me perdonen mis rigurosos compañeros pipiolos, si en algo les he faltado.

Como le he dado tan buena calificación, me atrevo a formularle un pequeño pedimento a ver si puede concederlo y, de paso, se queda por un rato con toda la puntuación gratuitamente recibida. Desde el otro lado del abismo ideológico que nos separa y desde estos montes pepinianos que afortunadamente todavía almacenan algo de vergüenza, con breve preámbulo le hago un humilde pedido.

Usted sabe que desde los trogloditas para acá, siempre el fuerte le ha entrado a garrotazos al débil.  Para caminar ligero y no tener que enredarme en publicaciones viejas buscando datos olvidados, también sabe que en este bendito país, oficialmente, ha existido el brutal y grotesco comportamiento de unos hermanos torturando a otros por morboso placer y razones sin razón. No hay bondad ni legalidad en la tortura. Hay quien agrede y tortura en su carácter privado, violando, atropellando y castigando a sus congéneres desde las fofas trincheras de sus cuerpos y madrigueras de maldad. Sé que sabe todo eso y que esas aberraciones personales deben ser castigadas (pero jamás imitadas) por el Estado a través del decente proceso de ley que nuestra cultura, civilización y evolución han establecido. Las barbaries, tropelías, abusos y torturas no pueden tener espacio oficial.

Como no es bobita ni nada parecido, sé que también sabe que en el país que timoneará por un ratito, en este viaje para algunos eterno, pero que toca puerto cada cuatro años, hay una institución policíaca que se dedica a torturar a punta de macana (las macanas son romas, pero vale) a todos los que se enfrentan.  Ajotados por la alta oficialidad que luego se retrata con ojos cansados, uniformes “emplegostados” de cositas, cachivaches de rangos y caras de bobalicones, estos hermanos nuestros de cada día se toman la justicia en sus manos escenificando el más rastrero proceder en cuanta protesta, lamento, algarabía, reunión, bochinche o manifestación exista. Usted los vio en la huelga de la Telefónica y si mal no recuerdo, cuando era más jovencita y no tenía papada y sin decir esta boca es mía, también los vio en las huelgas de la UIA, de la UTIER y la Federación de Maestros. Eso fue en el primer cuatrienio de aquel hombre de fracasada vocación de patriota, pose de Balaguer, incoloro e insulso, a quien por carambola, años después, usted sepultó en el viejo camposanto político.

La estuve observando en su campaña política. Se cansó de repetir con gesto auténticamente consternado, patético semblante y a veces rabiosa e indignada expresión, que no quería ver más sangre, que no quería que se repitiera lo ocurrido en la Telefónica y otros muchos lugares en que el Estado, a través de la Policía, derramó la sangre de sus hermanos. Todo eso lo dijo con profunda tristeza, echando a un lado su hermosa sonrisa iluminada, y el pueblo la escuchó.

Pues señora, antes de que se le olvide, llegó el momento de evitarle al pueblo tanto dolor y sufrimiento:  sumariamente, desmantele la Unidad de Operaciones Tácticas o Fuerza de Choque, como la llamamos los que con  ella hemos tropezado. Coloque a su robusta matrícula en faenas de carga y descarga, tareas agrícolas u otras actividades sanas que requieran mucho músculo y manténgalos bien alejados de la gente para que olviden los macanazos, empujones y garrotazos. Es más, si quieren, que hagan un calendario individual o colectivo, que nosotros lo pagamos. Dele al pueblo tranquilidad oficial en sus actividades. Que jamás se produzca el espectáculo de hermanos que, azuzados por un patán con barras o por un embarrado patán, pierden la visión a través de un escudo, el casco le sustituye el cerebro y el apretón del uniforme hace que el alma les vuele. Castigarlos con el despido después del macanazo no resuelve el chichón, la rajadura de cráneo y la humillación. Sea consistente con sus sentimientos y mantenga la indignación que manifestó en su campaña eleccionaria. Un montón de madres, padres, huelguistas, camarógrafos, periodistas, niños, ancianos, estudiantes, achichonados y cabezas rotas de todas clases, se lo agradecerán. Cuando un Estado que se jacta de civilizado, humanista, refinado y esclarecido, se organiza en turbas uniformadas para atropellar al pueblo en nombre del supuesto orden (como pandillas callejeras) no hay Dios que lo entienda y a todos nos pasa lo que quiero creer que genuinamente le ocurrió a usted: lloró cuando vio en las imágenes de la huelga de la Telefónica, el cuadro ensangrentado de un obrero arrastrado como desecho, mientras una mujer arrodillada y desgarrada de dolor, gritaba piedad a insensibles agresores en un macabro cuadro matizado de rojo.