Ya que preguntas

Mode, ya que preguntas, te cuento algunas cosas (solo las que he vivido), que tal vez te expliquen otras. Esto de la cafretización, lumpenización y relajo de la administración pública, no es criatura nueva. Por mi edad y recuerdo, no por estudio o asignación especial, sé‚ que el afán de ser fofo oficial e intrascendente formal, lo comenzó aquél, ahora opaco Muñoz, con todos sus escándalos de buscón de preeminencia y espacio en la historia. Cuando llegué por estas colindancias, ya su espina dorsal se había torcido con el viento que empujó la veleta de su cuerpo, encontrándose en franco quehacer de quemar velas, borrar huellas y demostrar nuevas lealtades con métodos bochornosos.

Luego le sucedió Sánchez. Este señor, aunque nos lo querían endilgar como ejemplo de pulcritud, hacía averías escandalosas. Sin el debido proceso de decencia, en Fortaleza realizó cambios morales que lo indujeron a perder el guiso. Siempre será recordado porque un 4 de julio, cuando le tocó decir lo que debía decir, dijo una pelota de disparate que lo marcó para siempre como antihistórico (palabra suya), sirviendo su dislate como carimbo eterno de su existencia. La deslealtad y bajunerías de estos modelos oficiales emplegostan de malas pasiones el alma colectiva. Por decir algo de él y como premio de consolación, lo llamaron «buen administrador».

Después de ese titán, llegó un riquito que no componía nada pero que tenía el pasatiempo de la política porque el dinero no le era suficiente para coger la jumeta de poder que quería. Ese intentó ser el sumo pontífice de la nadería institucional. Aquél Ferré que se las daba de culto por algunas notas musicales y comentarios soplados al oído por su especialista en arte, la única contribución real que hizo a este pueblo fue demostrarle que cualquier adinerado podía llegar a la gobernación y luego tener toda una ruta de San Juan hasta Ponce a su nombre con efigies mohosas como él. Ese honor se debe a que fue el que vendió la totalidad del cemento que se usó en la construcción del primer expreso que, por su visión quincallera, tenía peaje.

Creo que fue con ese hombre de cartón, de billetes largos y talento corto, que se dio el grito de ¡venga el chorro! provocando que cualquier egresado con diploma extranjero aspirara a ser una tragedia gubernamental. Imagínate, Fortaleza estuvo ocupada por el Gallito (también conocido por el Mamito). Sí, el Gallito, así como lo oyes. El Gallito tenía una cancioncita que decía algo así como «gallito que no se juye» y con esa profunda letra llegó a la gobernación. Era uno de los muchachos jóvenes de Muñoz, que junto a Arrarás, el del escándalo del Colegio, las planillas y tantos más, eran la promesa de la continuidad de aquél que no llegó ni siquiera a conato de patriota.

Al Gallito que usaba rojos pantalones campana y que gozaba exhibiendo narcisistamente su juventud y estampa tipo Peter Hance de la época, lo derrotó aquél otro que le decían El Caballo.  Le decían así no por lo que él dice que se lo decían, sino porque en su torpe decir y hacer, el pueblo lo veía como tal. Sin que se colija que tengo preferencia por alguno (¡Dios me libre!) creo que este botó la bola de la insensibilidad, inmoralidad y desfachatez. Corriendo el riesgo de que crea que le estoy haciendo un homenaje, este artefacto de ser, fue el precursor del estilo del empuje como símbolo de valentía y razón. Empujó tanto que ordenó a unos cobardes de uniforme, guapos gatilleros de gangas oficiales, matar a dos criaturas indefensas para darse el banquete publicitario de anunciarlo en una actividad pública como su gran contribución al nuevo orden anexionista y quedar en la historia como el único revolucionario armado de la estadidad: guerrillero de pacotilla.

Como las cosas se repiten y no es cierto que los rayos no caen dos veces en el mismo lugar, regresó el Gallito que no se juye a querer hacer cosas para las que no tenía ni la convicción ni el coraje, ni la valentía ni la comprensión. Preocupado por su irrelevancia al final de su incumbencia, y como padre en agonía que reconoce al hijo abandonado, firmó lo que para él era una travesura y convirtió el español en idioma oficial. Ese atrevimiento le trajo al pobre hombre el mal rato de tener que recibir un premio en España donde pronunció un vehemente discurso pidiéndole perdón por su atrevimiento a los estadounidenses.  Esa legislación también trajo como consecuencia que el comediante Luis Dávila Colón enloqueció de idioma, siendo el suyo el primero y único caso en el mundo.

El resto de la historia la conoces porque la has vivido. Apareció el médico de baile en capota, meneo de cintura e «insumo» de motora, canoa y deporte. Ese matarife de la expresión, patán oficial, vergüenza del pueblo, compendio de lo absurdo, burla al decoro y suma total de los demás, le robó la poca confianza que le quedaba a esta cansada isla. Más que la económica, su corrupción moral fue su legado para la historia.

Hijo, lo de Doña Sila está  por venir. Ruego no tener que repetirte la misma historia. A pesar de ellos el país ha podido caminar porque esta tierra es madre de muchas mujeres y hombres de bien.