Millenium

Ver para creer. Soy del campo y en Pepino, afortunadamente, no hay condominios, por lo que no sabía de qué hablaba mi amigo David Noriega, cuando se refería al Millenium. Las fotos publicadas eran malas, muy malas. Por ser consistentes con la pérdida de calidad, parece que los fotoperiodistas andan con camaritas desechables y se olvidan de películas, obturadores, velocidades, luces, movimientos, colores y ángulos, y disparan fotos rápidas, como los vaqueros del Viejo Oeste disparaban a mansalva a los indios que denodadamente luchaban por sus territorios. Imaginaba que el Millenium era un edificio grandote más, de esos que acostumbramos a ver cómo, en un abrir y cerrar de ojos, se levantan impertinentes, abusadores, pesados, rectangulares con aspiraciones frustradas de Bauhaus, e insultantes y ofensivos para cualquier pupila y mínimo sentido estético.

A mí, que he pasado la vida mezclando cemento, soldando y carpinteando y sé un poco del trabajo que da edificar, y el dinero que cuesta, nunca me ha gustado eso de tumbar edificios, estructuras o lo que sea, que no sea innoble al hombre. Mucho menos cuando lo que se quiere derribar le costó trabajo y dinero a otro. Hablar de la destrucción del Millenium me sonó mal aunque lo dijera David, a quien respeto y distingo. Es cierto que aquí se tira abajo cualquier estructura de un pobre que sea edificada en violación de dos o tres incumplimientos administrativos. Todo para demostrar que son poderosos (donde impera el poder no hay amor), inflexibles, intachables, rígidos y estúpidos. Las tropelías contra los pobres no pueden dar pie a atropellos contra nadie. He visto a la Administración de Reglamentos y Permisos en sus funciones de entidad abusadora, como he visto a tantas otras agencias y funcionarios sacando pecho de prepotentes. Gente sin talento ni inteligencia, que tienen un poder de embuste y se desviven por utilizarlo aunque demuestran pequeñez, insensatez, intrascendencia e insignificancia.

Aprovechando un viaje a la capital con Ivelisse, mi esposa, para comprar unas cuantas cositas de ésas que siempre faltan en  los hogares, fui a ver el tan comentado edificio. Con todo y tapón merodeándome, di varias vueltas como tratando de enrollarlo en la mirada. Descubrí lo que cualquier mortal descubriría: es hermoso. Dicen que caro, pero no estamos hablando de comprarlo, hablamos de destruirlo. Es como para encadenarse a sus paredes si alguien osa intentar su demolición. No sé cuántas ilegalidades se cometieron en su construcción, en cuántas irregularidades administrativas incurrieron y cuántas violaciones de espacios, tamaños, accesos y papelerías se amapucharon. No lo sé aunque todo eso pasó. Confío en David y conozco cómo funcionan las agencias de gobierno, los funcionarios designados por el poder político, el dinero, los apellidos y las influencias. Pero la obra está hecha y es parte de nuestra tierra y alguna gente tiene allí sus hogares, hayan costado lo que hayan costado, que los sueños de ellos tienen que ser como los de los demás.

Pensar nada más en cuánta gente trabajó, sudó, se esforzó, se mareó, se cayó, fueron avergonzados por algún capataz riguroso y malcriado, recibieron machucones, incapacidades, atropellos, callos, martillazos, partículas en los ojos, discos herniados, fracturas, raspaduras, músculos fatigados, cortaduras y todo tipo de quebranto típico de las arduas y acaloradas labores de construcción, es suficiente para reconocer mínimamente que la estructura es un monumento al trabajo. La Corporación del Fondo del Seguro del Estado, ésa a través de la que tanto robó Rosselló,  debería rendirle un informe al Comité Cinta Azul sobre los dolores de todo tipo que medicó por el trabajo realizado. Hablar de tumbar es no saber de edificar.

Cuando Carlos V, con motivo de sus bodas con Isabel de Portugal, pasó por Córdoba hace casi 500 años y vio que los cristianos destruían la Mezquita, uno de los monumentos más hermosos de la humanidad, para edificar un templo cristiano, se conmovió y detuvo la locura de la destrucción. Sus palabras aún son una admonición para todo aquél insensible que con excusas bobas de religión, política o de cualquier tipo, quiere que se destruya lo creado por otros: «Faceis lo que hay en otras muchas partes y habéis desfecho lo que era único». Aquí podemos hacer lo que hay en muchas otras partes, pero el Millenium es único y ya está hecho. Dé una vueltecita, mire su gracia y recréese en su belleza.

Pedir que se derribe resulta tan desatinado como pedir la demolición de la Capilla del Cristo porque los arquitectos no tenían permiso para edificarla. No busquemos autorizaciones y permisos para hacer lo que ya está hecho que es como matar la criatura porque no aparece el certificado matrimonial.

Nunca hay razones válidas para destruir la belleza y el trabajo. Es por eso que todos nos conmovimos cuando allá en el Norte alguien se arrogó el derecho de derribar dos estructuras esgrimiendo sabe Dios qué sagrados motivos. Es lo mismo, exactamente lo mismo. No sigamos destruyendo, que si comenzamos con excusas, no quedará piedra sobre piedra. David, recuerda a Adolfina Villanueva: ella tampoco tenía permiso y le tumbaron la casita y de paso, la asesinaron. Protestamos y teníamos razón. Que jamás se repita tal aberración, que los dolores son dolores, con dinero o sin él..