Los nuevos espadachines

Un nuevo espécimen político se está popularizando en este bendito país. Unos cuantos incumbentes, porque los pueden pagar con el fisco y por perverso y mefistólico plan, están utilizando como ayudantes ejecutivos, portavoces y guardafrentes a mercenarios híbridos (Patroclos de la vida, hijos de la naturaleza y víctimas de la sociedad) que se encargan de insultar, oprobiar, ultrajar, vilipendiar y vituperar a todo el que critica al jefe. Para estas bajas labores los incumbentes contratan, no a aquellos que resultan ser «dudosos» o que mantienen en ropero sus inclinaciones, sino a los más lucidos, quemados y chacoteados por sus locas ejecutorias públicas. En todos los géneros hay gente que no tiene vergüenza y de esos es que estamos hablando, de los que independientemente de sus gustos, apetencias y preferencias, son unos canallas que deshonran a sus congéneres (los que sean) y malísimamente los representan.

 

Estos espadachines de la lengua (como alguien dijera, único instrumento cortante que se afila con su uso), manejan con gran destreza el arma de la difamación y el descrédito. Sin nada que perder, son tan atrevidos como el moribundo suicida que ha sido condenado a muerte. Ejercen su mal oficio esgrimiendo el sable de la deshonra convirtiéndose en antihéroes que por su oficialidad resultan ser inmunes ante cualquier proceso municipal, estatal o federal. Son más peligrosos que Los Tres Mosqueteros, El Conde de Montecristo, El Zorro y El Capitán Alatriste, habilidosos y valientes manejadores de espadas, sables y otras armas filosas, puntiagudas y cortantes que luchaban siempre al servicio de la justicia defendiendo al desvalido o al que al desvalido defendía. Gente de honor que por honor actuaban. Sus batallas eran de caballeros y por principios supremos, no por busconerías de ocasión, puestos y supuestos poderes para lucirlos al mundo como aros de magnesio o broches de oropel. Sólo aceptaban retos de sus iguales. Nunca se medían ni se enfrentaban (como antes lo veíamos en las películas del Viejo Oeste) con cualquier tusa que apareciera con un mocho mohoso a retarlos, cucarlos o provocarlos. Eso era así y sigue siendo así, ya que los hombres de honor luchan en el campo del honor y no en el fango de la deshonra.

 

Con esta nueva modalidad de plumeroso ataque, mezquino y bajuno, producto importado directamente de las campañas de Perth Amboy, cualquier político, oponente, crítico, fiscalizador o el que sea que cuestione al jefe de estas criaturas, es linchado por el nuevo parapeto político.  El alcalde de mi pueblo Mon Esteves y Salas, en confusión de patrono agradecido, decía que estos eran tipos listos. No son listos porque par de neuronas no dan para tanto. Su ventaja estriba en que, por no ser entes de honor, no por sus preferencias si no por lo otro, por lo que dije de la falta de vergüenza, no hay nadie que se atreva a salirle al paso, por lo que siempre tienen la última palabra. ¿Se imagina usted en debate público con un deslenguado de éstos, torpe patán revestido de oficialidad, que entre aleteos lo insulta, injuria y agravia? No hay peor contrincante que el que no tiene dignidad. Discutir con esa estirpe constituye un descrédito. Un amigo, con sobrada razón, decía que una discusión pública con estos elementos no solo es un disparate sino que puede ser causal de divorcio y hasta de mudanza de pueblo y la agresión sería embadurnarse con su mísera existencia. Nunca se puede retar a la deshonra al campo del honor. Tampoco la deshonra logrará lo contrario.

 

Como nadie en su sano juicio reposta a estos nuevos engendros oficiales, los incumbentes los contratan como ayudantes ejecutivos, locas a la orden. Saben que no importa el disparate que proclamen, nadie osa refutarlos o contradecirlos por temor a lo que ya usted sabe. Aparentan ser invencibles.

 

Don José Aponte, poeta aguadillano, desde la distancia que crea el tiempo y como si previera este fenómeno, le legó al pueblo un atinado verso para contestarle a estas aves aberrantes: «No me importa lo que digan los reptiles desde el inmundo lodo del pantano, yo, con mis estrofas varoniles, le canto a la flor y no al gusano.»