El insólito caso de la bebé A.M.Q.M.

 

Doña Ada y Don Ariel no están casados entre sí según el Código Civil, pero conviven felizmente hace más de quince años. Han procreado varios hijos de esa relación amorosa y como tenían amor de más, acogieron en su santo hogar a una diminuta niñita de otro vientre y otra sangre de 20 días de nacida. La cuidaron, alimentaron, abrigaron, protegieron, educaron, chiquitearon, mimaron e hicieron lo único que una pareja feliz como ellos puede hacer con una criaturita así: la amaron. A los 20 meses de nacida y con el derecho que creían tener por haberla cuidado, alimentado, abrigado, protegido, educado, chiquiteado, mimado y amado, solicitaron parir jurídicamente a la niña la cual ya caminaba, hablaba, besaba, reía, hacía viejitas, apretaba con ¡queriiidos! y les decía y conocía como, mamá y papá.

 

Como usted sabe, en los casos de adopción interviene el Estado. Es curioso que a esa criatura jurídica que debieron haberla declarado incapacitada hace mucho tiempo por su demencia y prodigalidad haciéndole nombramiento de tutor para que administrara sus asuntos, se le autorice a consentir en las adopciones, como si se tratara del supertubo. Ante la solicitud de Doña Ada y Don Ariel y para ser consistente con su curioso y alocado proceder en estas materias de sentido común, amores y familia, el Estado dijo esta genialidad: «que recomendaría favorablemente la adopción, por entender que el bienestar de la menor estaba garantizado por la relación afectiva con los peticionarios» pero que se oponía a la adopción porque estos no estaban casados entre sí. Donde digo digo no digo digo sino que digo Diego, porque no lo favorezco ni me opongo sino todo lo contrario y yo mando.

 

Ante tal ocurrencia, ¿qué hizo la Sala Superior que diariamente ve, escucha y entiende al pueblo, cuando así dijo el Estado? Decidió algo parecido a esto: No violaré el derecho a la intimidad de los adoptantes. La fuente del vientre de la adopción ya está rota y la criatura está afuera rebozante de felicidad junto a mamá y papá. Estado, lo importante es que usted concluyó que el bienestar de la nena está garantizado por la relación afectiva con Doña Ada y Don Ariel. Si eso es así, no importa que los padres adoptantes sean concubinos o tengan la rara bendición legal. Con ello no añadimos amor ni bienestar a la menor. El Tribunal toma conocimiento judicial de que Doña Maga dice que es política pública que los niños son primero y como los niños son primero a mí me importa la felicidad de la bebé por lo que se declara CON LUGAR la adopción. Reconociendo, atendiendo y entendiendo este hermoso parto jurídico, se ordena su inscripción.

 

¿Sabe usted lo que hizo el Estado, el mismo que pregona desde el saliente hasta el poniente que los niños son primero? Como si la decisión fuera un resultado adverso en una elección cerrada, salió corriendo y se fue a un tribunal de superior jerarquía buscando entendimiento, solidaridad o tal vez compasión. Allí delató el parto de la justicia. Con la seriedad hipócrita de un alegato de ocasión y con gran solemnidad planteó:»¡POR DIOS, NO ESTAN CASADOS! por lo que no pueden ser padres». La réplica de los apelados fue sencilla: «Es verdad, pero no importa. No violen nuestro derecho a la intimidad, no conviertan el amor en un mero concubinato casi delictivo, no discriminen contra nuestra libertad, condición o nacimiento y ¡esto no tiene nombre!»

 

No se asombre, pero el Tribunal de Circuito de Apelaciones y el Supremo, estuvieron de acuerdo con el Estado. Eso quiere decir que revocaron al Tribunal de Primera Instancia, Superior de Arecibo y dejaron a la bebé sin padres «legales». El único fundamento de la revocación fue que Doña Ada y Don Ariel no estaban casados entre sí. Alguien le tiene que explicar eso a la bebé.

 

Ellos que son blancos, saben mucho y se entienden, dicen que la ley establece que nadie podrá ser adoptado por más de una persona a menos que los adoptantes estuvieren casados entre sí. ¡Eureka! Para echarle sal a la herida, añadieron que esto no tiene nada que ver con el derecho a la intimidad ya que si el estado quiere que usted esté casado, eso no tiene nada que ver con usted, o sea, con el derecho a la intimidad (¿?). Realmente se nos hace difícil entender conceptos jurídicos tan elevados, intrincados e importantes. Nosotros somos más superficiales y entendemos mejor razones no tan profundas como lo son las razones del corazón. No obstante, nos queda una sensación de jeringonza jurídica con aderezos de malabarismo hermenéutico, cantinflesco, impráctico, maquinoso, insidioso, ortodoxo, positivista y manifiesto, lo que ello signifique.

 

Según la decisión final, la niñita no podrá ser adoptada por los que la criaron desde los 20 días de nacida, que son a los que ella quiere como padres y los que la quieren a ella como hija. No señor, el Estado y Pedro (el mismo que validó la relación Mónica‑Clinton y otras de dudosa moralidad y de quien desconozco si está casado «legalmente») con todo su Departamento de la Familia, prefiere que la niña no sea adoptada a tener que aceptar una estable relación amorosa distinta a la oficial. Si no te casas te cazo. Ese carpeteo del amor me espanta y esa doble moralidad, me abruma. No se deben poner precios tan altos a los antojos ejecutivos. Si la adopción es un hermoso parto legal, entonces la no adopción por consideraciones baladíes es un aborto del Estado que debe ser castigado severamente.