Madriguera

Para mis nietas Io Marcela e Inoa Eugenia, que algún día preguntarán si su familia dijo algo.

 

En chiflada disquisición de inmensa profundidad, sobre las letras y las armas, el Caballero de la Triste Figura parloteaba: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.

Acá, bien lejos en siglos y leguas, una bala de diabólica invención, disparada por un infame y cobarde brazo que huyó con el resplandor, que no da cara ni nombre y “coge el monte” y se esconde detrás de tres siglas malditas, acaba en un instante los pensamientos y vida de quien merecía gozar luengos siglos. Y la satánica pepa de plomo dirigida por tan mefistofélico y gallina brazo de abultado cobro mensual, hiere y no mata, porque el valiente caballero no murió de bala, murió de profunda pena desangrada. Entonces siente la sorpresa no tan sorpresiva de un ruido que va acompañado de una sensación de rasguño que atraviesa lentamente su cuerpo para tropezar al otro lado con un atavío protector que se sorprende por haber hecho su trabajo a la inversa, y cae boca abajo, como buscando la mama de la tierra y suplicando agua para su sed, su simbólica sed. Ardor inmenso y sensaciones nuevas de dolor sin nada que hacer porque todo está hecho. Cae lleno de pena con inmenso dolor donde la bala ni siquiera lo ha tocado. Repasa en fugaz recorrido sus amores, las angustias e injusticias, los abusos y atropellos, las invasiones y las imposiciones, los sufrimientos y humillaciones, las ventas y los delatores, las lealtades y traiciones, los Gritos de Lares, los Hartfords, los juguetes, los Reyes y los niños de los Reyes. Tal vez, recordando alguna melodía preferida de su lejana trompeta, acompaña su despedida con melancólico himno hasta el final de la angustia. Colocando su diestra en el lado izquierdo, que es donde más le duele el golpe que recibió en el derecho, comienza lentamente a alejarse y a elevarse en un calvario ante los que lo humillan en velatorio en vida, para dejarlo solo después que muera. Ya jamás lo volverán a matar porque lo vivieron para siempre.

Pero no quedó solo. Los que lo reconocimos como el último de los héroes legendarios de nuestra patria, que lo supimos como postrer reducto de vergüenza y dignidad de una tierra que cada vez más se nos convierte en un peñón de drogas, espectáculos, concursos, busconerías, malversación, corrupción y pillaje, sin valores, ni ética, sin escrúpulos ni decencia, de chaverías y de personeros de la política colonial,  lo acompañamos y empuñamos y blandimos como el símbolo del que lo dio todo por una idea y que abogó por ella hasta que la luz se extinguió en su Plan Bonito.

A ese que durante toda su vida tan denodadamente abogó, incluyendo su hábil defensa personal en juicio americano amañado, lo llevamos a nuestra más antigua institución laica, donde precisamente se colegian los abogados, los que abogan, los únicos acompañantes de los que la vida deja solos. Algunos desentendidos, que confunden abogado con licenciado, en pobre llantén acéfalo e insensible, se extrañaron y desde sus trincheras de confort y clase, lo reprocharon como si le dieran bola negra al ingreso en club de tontos exclusivos. Otros, que en cruel desperdicio a la naturaleza tienen su caletre en eternas vacaciones y que ni tan siquiera saben distinguir una cosa de la otra, que no saben si van o vienen, pero que se aterran de ver triunfar la vergüenza, por aquello de hacer coro y estar en mayoría, aplaudieron a los quejosos licenciados, no abogados, actuando de secundones silenciosos.  Son ésos los que validan aún al presente, la triste experiencia lejana y cercana, del ladrón que en votación abrumadoramente mayoritaria le ganó a aquel otro héroe del Gólgota que también pedía agua en su agonía.

Como en nuestro centenario recinto se protege y se vela por los derechos humanos, el Colegio de Abogados lo tuvo allí no por sus creencias, que sería causa suficiente para honrarlo, sino como muestra de disculpa y solicitud de perdón de los abogados que abogamos y que sentimos que el disparo también nos dio a nosotros. Noble y efectiva forma de decirle al mundo, que nuestro reproche lo gritamos desde nuestra casa, sin bochornos y de frente. A ese ser especial que tres siglas hollywoodenses encubridoras de la vesania, le violaron el derecho a la vida, a pelear como caballero andante, a luchar como hombre, a mirar a la cara a sus enemigos, a ser arrestado, curado, salvado y procesado,  le correspondía, como última madriguera, la casa que reclama por los derechos de todos.

Nunca debimos dejar a Hostos, pero es momento de volver a él antes de que se nos olvide y corramos el peligro de que no nos quede nada.