PRESENTACIÓN LIBRO FUFI SANTORI

PERSPECTIVAS

De umbral, y para no moverlos a engaño, es de rigor dejar consignado que todo lo que pueda decir de la obra de Fufi irremediablemente estará afectado, o más bien parcializado o prejuzgado, por la admiración, respeto y cariño que le tenemos mi esposa Ivelisse, mis cuatro hijos Taína, Yara, Mode, Larisa y yo.
Cuando Tuto Villanueva me llamó autoritaria y dictatorialmente para decirme que “tenía que presentar el libro de Fufi”, teniendo que soltar el pico y la pala con los que cavaba para hacer una zapata, por poco le digo que, al igual que ocurre con los notarios, no podía ser testigo de lo que en alguna forma era parte. No digo ser parte como si me estuviera atribuyendo algún tipo de relación intelectual o coautoría de la obra, nada más lejos de la verdad, sino como alguien que ha visto crecer la criatura, la tiene como hija, pero su única aportación es haber estado presente en su crecimiento. Eso nos pasa con todo lo que nos agrada y nos acompaña en el camino. Ese agrado puede ser por identificación, cercanía, empatía, amor o simplemente admiración. En mi caso es por todo lo anterior. Recuerdo el cuento aquél del hombre que por primera vez fue a visitar las malogradas y ya casi olvidadas Torres Gemelas de Nueva York. Dicen los que fueron testigos del evento, que el hombre, impactado por la magnificencia de la obra y para que no le contaran, subió hasta el último piso. La impresionante vista panorámica que le proporcionaba la altura, le permitía ver mucho, aunque no bien visto por la bruma que produce la distancia. Desde allá arriba, entre otras muchas cosas, divisó un automóvil rojo que, por la enorme distancia que proporcionaba la altura, se veía bien pequeñito. Bajó diez pisos y volvió a verlo, pero por haberse aproximado más, lo vio un poco más grande. Bajó otros diez pisos y nuevamente lo volvió a ver, pero más grande. Continuó bajando y en la medida en que más se aproximaba, lo veía más grande. Cuando llegó al primer piso, salió corriendo y con gran pasión se abalanzó al carro, lo abrazó y comenzó a besarlo. La alarma del auto se activó y un guardia que prestaba vigilancia en el lugar, se le acercó y le dijo, “oiga señor, aléjese de ese carro que no es suyo y deje de besarlo”. El hombre le contestó, “déjeme, déjeme, que lo pasa es que lo conozco desde chiquito”.
Pues algo parecido nos ocurrió a mi esposa y a mí cuando vimos el libro por primera vez. Conchi, la esposa de Fufi nos lo llevó como regalo de Navidad. Además de la hermosa dedicatoria, nos identificamos con él por muchos otros motivos, siendo uno de ellos, el haberlo conocido desde chi-quito. Fue amor a primera vista.
Esta noche, y a modo de presentación, hablaré un poco del libro que conozco desde chiquito, no del autor que conozco desde grandote. Para no encandilarme hablando de Fufi, aunque algunas cosas diré, persona a quien no hay que presentar ya que todos lo conocen y pueden dar fe de su hombría de bien, basta con decir que no sólo es un estudioso de su tiempo y de la naturaleza humana: es un proponente de alternativas, que es mucho más de lo que hace el que estudia, observa y cuestiona. Es un pensador, porque, como decía Rafael Gómez García , el Gallo, famoso torero español, refiriéndose a Ortega y Gasett, hay gente pa’to. Pero este pensador es un soñador de gran sensibilidad que, viendo más lejos, brinda la alternativa de su sueño como remedio para paliar los males de su atribulado pueblo.
Como mencioné al principio, estoy irremediablemente parcializado y prejuzgado con el autor, pero esa parcialidad y prejuicio, aunque afecta e influye mi entendimiento, no lo hace tanto como para no poder decir del libro lo que objetivamente es cierto en forma incuestionable, irrefutable. Es por esa parcialización que, al comenzar a escribir estas notas, me propuse enfatizar en la obra y en alguna medida, traté intencionalmente de obliterar un poco al autor. De no hacerlo, corría el peligro de hablar de Fufi y no del libro y Fufi y el libro, aunque parezca una perogrullada, no son lo mismo. Es mejor partir del libro y a través de él llegar al autor, si es que lo alcanzamos, que hacerlo a la inversa. Y es que cuando hablamos de una obra escrita, no hay peor comentario, que disparar a quemarropa que lo que dice el libro se entiende y se sabe porque conocemos al autor como si estuviéramos hablando de autorretratos, de fotografías. El libro no es del autor, sino “desde el autor”. Más bien éste sirve de plinto para sostenerla. Prejuzgar la obra por el supuesto conocimiento del autor, además de injusto, es ofensivo. Lo escrito es una huella del autor, pero no es una huella exacta, que corresponda perfectamente con el que la produce. Es una huella en la que el que la imprime intenta hacer una representación de lo mejor de él, de lo más sublime, de lo más excelso, de lo que tal vez se añoraba o se añora ser. Nadie escribe algo que hable mal de sí mismo, por lo que, cuando escribimos, nos esmeramos en proyectar lo mejor. Muchas veces ahí nos distanciamos de nosotros mismos. Es por ello que el libro no es el autor, sino desde el autor.
Como no sabía cómo decir lo que antes dije, le consulté el enredo ontológico anterior a Larisa Maite, a quien considero la mujer más hermosa e inteligente del mundo, y que también es mi hija más pequeña. Ella me escribió regañándome porque no me acordaba de nada, que estaba padeciendo de alzhéimer y diciéndome que eso mismo ya se lo había preguntado antes y me recordó lo que me había dicho en ocasión de la presentación que yo le hiciera al libro del Dr. Nelson Bassatt.
Decía mi hija que Roland Barthes , crítico literario francés ya fallecido, en su obra La muerte del autor, elaboró y defendió un tipo de interpretación en la cual se excluye no sólo la opinión del autor sobre el libro que haya escrito, sino la biografía y contexto histórico, psicológico, político, social en el que se produjo el libro. Barthes decía, que la interpretación de un texto nunca debía darse a partir de la “persona” del autor, que el autor es un concepto erróneo para la crítica, un derivado de los positivistas y su razonamiento nomotético y por extensión, de la ideología capitalista. Llamaba a este sujeto el escribano, un mediador que pone al lenguaje a ser en sí mismo en dirección al lector. Reconocer la voz de un autor implica muchas cosas, darle un pasado a ese libro, y lo peor, una única interpretación o una interpretación por sobre las demás, por lo que el autor se convertiría en una especie de deidad todopoderosa. De esto, naturalmente se desprende que el texto se ve limitado en su función. Para Barthes “la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo , al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.” Añado que esa forma de examinar un libro por el autor le quita universalidad y vida ya que irremediablemente tiende a anclarlo a una existencia, a un ser. Interpretarlo a través del autor, en el menor de los casos, podría resultar injusto con la obra.
Algo parecido afirmaba Carlos Marx cuando nos hablaba, si mal no recuerdo, en sus Manuscritos filosóficos económicos, de la enajenación con respecto a la producción. Produzco y lo producido se me impone. Es por ello que escribir requiere saberse de antemano desprendido de lo producido. En palabras de mi hija, que no sé si estaba citando a alguien, “De lo que se trata, es de “liberar” al texto de la posibilidad de tiranía de la interpretación”. Esto es así porque un texto siempre arroja varios significados. ¿A quién le corresponde elegir el único y verdadero? A nadie, o mejor dicho, a todos. Más o menos, Barthes decía, en palabras que podrían resultar muy fuertes, que “El nacimiento del lector cobra la vida del autor”.
Como no estamos en un debate de contenido, ni mucho menos en una sesión crítica, asunto para el cual, entre muchos otros, no sirvo, les presento a Perspectivas como si fuera un invitado hasta ahora desconocido. Aunque arribó a este puerto hace unos días y está presente entre nosotros, es necesario que traspase su mera presencia, que es como su umbral, y con su lectura, se haga parte nuestra. Aclaro que si me hubieran invitado a una crítica, hubiese declinado la invitación. Sé, porque me duele personalmente, lo que significa escribir un libro y por ello soy incapaz de criticarlos. Criticar es juzgar. Tengo vocación para pocas cosas, pero entre ellas, no está la de ser crítico. No sé hacerlo porque nunca aprendí a juzgar. Juzgar inherentemente conlleva prejuicios y el que lo hace, siempre olvida aquella máxima milenaria que tenía que ver con una piedra. Decía alguien que no recuerdo, pero que decía bien, que al crítico le pasa lo mismo que a los cazadores, matan la paloma, pero no pueden volar como ella.
Quede claro entonces que me propongo presentarles la obra, no al autor. No la resumiré ni le contaré sus sabias historias, tan sólo los invitaré a leerlas. No la contaré, porque como decía un amigo, presentar un libro hablando de su contenido es lo mismo que invitar a alguien a que vaya al cine contándole lo que pasa en la película. Pobre forma de invitar a conocer. Si me vas a invitar al cine, limítate a interesarme en la película porque de lo contrario me tapo los oídos. No quiero que eso pase aquí, por lo que haré referencia muy someramente al contenido del libro para que nada más, como decía Miguel de Cervantes en El Quijote, “siguiendo el hilo podamos llegar al ovillo” sin hablar de él.
Perspectivas está dedicado a Doña Edna Coll Pujol, madre del autor, y a Don Cayetano Coll y Cuchi, abuelo de Fufi. Aunque en la primera oración del libro se menciona la palabra abolengo, la mención y dedicatoria a estos dos distinguidos puertorriqueños no es para vincularse o coger pon con abolengos porque el libro tiene luz propia y puede ser origen, fuente o ins-piración sin necesidad de remontarse a ascendencias distinguidas. El libro está dedicado a Doña Edna y Don Cayetano como agradecimiento a dos es-clarecidos a quienes en gran parte las páginas les deben su esencia. Doña Edna, doctora en Filosofía y Letras, fue educadora, escritora, pintora, política y muchas cosas buenas. Don Cayetano, entre otras, fue abogado, político y orador. Entre sus reconocimientos se encuentra la Medalla de la Legión de Honor con la que lo distinguió el gobierno francés . Por sobre todas las cosas, la importancia de estos dos iluminados y así surge del libro, es haber sido buenos con Fufi: ella como madre, y él como abuelo que cría. Con ellos, afortunadamente, el autor nació en tercera, sin que con ello ni remotamente se entienda que anotar la carrera no se debe a su propio esfuerzo. En palabras de Fufi, ambos intelectuales influyeron decisivamente en su formación, por lo que, conociendo a Fufi, los conocemos un poco y leyendo el libro, los conoceremos más. Si su influencia fue tan decisiva, entre las dos tapas del libro han quedado atrapados y por ahí, entre las ventanas de sus páginas, los veremos asomados en alguna expresión o pensamiento.
(Recientemente me tumbé parte de la biblioteca de su madre. Hubo cómplices, cooperadores y encubridores que Fufi no imagina)
El libro, que a pesar de haber sido escrito en diversos tiempos y estar dividido en partes es un todo, es una invitación, un reto a atrevernos a repensar conceptos, principios y circunstancias. Es un libro de enseñanza, que si los directivos de nuestras escuelas y universidades tuvieran algo de vergüenza, lo adquirirían como texto de formación integral. Es posible que no se trate de que tengan vergüenza, tal vez sea que no tengan el valor de adquirir una obra de retos y formas distintas de ver lo cotidiano en un lenguaje sencillo y profundo.
Además de sus enseñanzas, que son muchas, a cada paso nos expone la posibilidad de una modificación o cambio de esa manera uniforme, mayoritaria y muchas veces tonta de ver las cosas que pasan a nuestro alrededor. Sus páginas, con sorprendente valentía, cuestionan asuntos que, muchas veces por las personas que los plantean, se entienden como profundos pensamientos filosóficos. El libro desmitifica expresiones y las burla colocándolas a la chacota pública. Un ejemplo de lo anterior es cuando dice: “Es una falta de respeto a la inteligencia de los puertorriqueños que abogados del prestigio de Hernández Colón traten de disfrazar la realidad colonial que vive Puerto Rico con metáforas y eufemismos como el de déficit democrático”. Dice la obra: “Hubiera sido más inteligente decir que el ELA padecía de anemia democrática…”
Pietro Ellero, no tan importante en la criminología como Jiménez de Azúa , en la Certidumbre de los juicios criminales, y perdonen que traiga a colación a un criminalista italiano, decía que “…quien quiera honrar a la Patria y servirla, a causa de la tristeza de los tiempos, con sólo obras de pluma, debe, a lo menos, cultivar estudios severos, procurando despertar la conciencia pública y preparando a los demás en la disciplina de la vida cívica”. Esos estudios severos que procuran despertar la conciencia pública preparando a los demás en la disciplina de la vida cívica, es lo que nos trae Perspectivas. Perspectivas es un aldabonazo, más bien, un tubazo, a la conciencia adormecida de nuestro pueblo que cada vez más padece de una extraordinaria hambruna de valores. El libro nos indica cómo los humanos y la nación que componemos pueden ser mejores, cómo dignificarnos, cómo aspirar al bienestar común. Todo ello lo expone con una pasmosa tranquilidad, como si lo expuesto fuera tan natural u obvio que estuviera esperando por alguien que nos lo dijera. Una particularidad del libro es la sencillez de su expresión. Abunda en asuntos profundos sin la pedantería ni la petulancia de otros que tratan cosas parecidas pero que parece que tienen la intención de que nadie los entienda. Siempre he pensado que los que así exponen lo hacen porque ni ellos entienden de lo que hablan. Felipe González, ex presidente de España, decía que los que así actúan pretenden darnos la impresión de que son profundos cuando lo que están es enredados. El libro nos habla de educación, nos relata la historia, nos descifra la política, nos expone fundamentos de la interrelación entre los seres humanos, nos recuerda los orgullos nacionales, incursiona en nuestra pobre economía, estruja la religión, redescubre el deporte, la competencia y el compartir y nos invita a pensar sobre muchos otros asuntos importantes que nuestros perezosos intelectos olvidan por comodidad, descuido o por mera vagancia e irresponsabilidad ciudadana. Nos habla de los que padecen de indigencia mental cuando se refiere a los militares y a Romero y de inmunodeficientes éticos cuando se refiere a los Dick Cheney y los Bush.
Aunque Perspectivas, que no es otra cosa que el “Punto de vista desde el cual se considera o se analiza un asunto”, es una antología que está escrita en un periodo de veinte años, no deja de tener unidad dando la impresión de haber sido escrita, como decimos comúnmente, de una “sentá”. Hay ocasiones en que el libro da la apariencia de alguna antinomia o contradicción, pero como dije antes, en su lectura y evaluación total, la obra es uniforme y expone una sola línea de pensamiento. No se trata de variaciones en el carácter de la obra, sino de expresiones que, por estar utilizadas en diversos contextos, pueden brindar la falsa impresión de ser contradictorias. La uniformidad y total armonía se manifiesta en la forma única en la que trata los diversos asuntos. En todos, absolutamente en todos, no hay la más mínima intención de ser parte de la corriente, de complacer o de molestar. Sencillamente, los escritos se sienten obligados con los temas independientemente de quién se sienta aludido, a quién le duela o le halague, cuál sea la institución cuestionada, ley criticada o verdad absoluta burlada o hamaqueada. De paso, y antes de que lo olvide, Perspectivas tiene entre sus atributos un fino humor filosófico de la misma calidad o superior a la de Quino (Joaquín Salvador Lavado), uno de los grandes de nuestra época. La anemia democrática antes citada es prueba de ello al igual que los ensayos En la plaza y El séptimo mandamiento, entre muchos otros.
Como ya apunté antes, los escritos, que tienen más de tesis que de artículos de fondo, están divididos en varios grupos o temas:
1) Ética, 2) Educación, 3) Historia, 4) Política, 5) Sociología, 6) Nacionalismo-nacionalidad y ciudadanía, 7) Economía, 8) Humanidades, 9) Deporte, 10) Vieques, 11) El Tren-Isla 12) Cruzada revolucionaria
Aunque el listado anterior pretende establecer clasificaciones específicas para sus temas en los renglones que acabo de mencionar, todos los temas forman parte de un todo que a poco leer captamos que algo igual los permea como si, teniendo formas distintas, un mismo color los uniera: El color de la libertad y de la decencia. En alguna forma que se me hace muy difícil verbalizar, los escritos se interrelacionan y mantienen de asidero o hilo conductor lo que podríamos llamar la propuesta del libro que no es otra cosa que una invitación, en algunas ocasiones con voz muy fuerte, a ser mejores, a elevarnos a etapas superiores del ser. Tal y como indiqué antes, viéndolo de ese modo, no podemos decir que la obra tiene contradicciones o que carece de uniformidad de pensamiento.
Aunque tiene de subtítulo “Saber para servir”, lo que encontramos en sus páginas no necesariamente es un requerimiento a “saber para servir”, sino más bien vemos y nos confrontamos con un reclamo a “ser mejores para servir”. “Saber para servir” no es una afirmación que invite a crear una clase de importantes sabios e intelectuales utilizando como fundamento que esa es la única forma de servir. Eso podría resultar clasista y el libro no lo es. Si lo dejáramos en “saber para servir” podrían surgir interrogantes como ¿saber qué? y ¿para servir a quién? ¿El que no sabe no puede servir? ¿El que sirve, tiene que saber? ¿Sabe el obrero que produce el papel del libro que lees para aprender o el que lo imprime para que lo leas? Conocemos a algunos que saben mucho pero no sirven y a otros que sirven mucho pero no saben. Hay otros que ni saben ni sirven, pero esa no es la tesis de la obra y es cuento de otro camino. Estoy seguro de lo que afirmo, esto es, que el subtítulo anuncia que debemos “ser mejores para servir” ya que su reclamo vehemente a ser mejores es una constante en todos los escritos. Aunque sin ánimo de contar parte de la película que desaliente asistir al cine, veamos algunos ejemplos de lo anterior:
EN ÉTICA, en Principio y Finalidad, citando a Kant (aquel que contrario a Hobes creía que el hombre era bueno por naturaleza) nos dice “Actúa de manera que tu conducta pueda ser ejemplo para todos los seres humanos”.
Más adelante, en Paraíso Perdido, afirma “O me haces libre o no me hagas” para luego añadir “…nunca ha podido el hombre reivindicarse como un ser bueno por naturaleza”.
En Premio y Castigo, nos dice que “Portarse bien no puede depender de que haya recompensa” y más adelante nos invita a “aprender entendiendo, no meramente obedeciendo”.
En Lo mío y lo tuyo, tal vez el escrito de la obra de mayor profundidad pero de más fácil entendimiento por la forma genial en que está redactado, nos dice: “Cuando un niño descubre el significado de lo mío, ahí mismo comienza su egoísmo” Más adelante, expresa pensamientos prohibidos en el capitalismo en que vivimos cuando afirma que “Los que se han propuesto en la vida convertir lo mío en mucho y lo logran con el sudor de su frente, viven convencidos de que se merecen todo lo que tienen. No se les ocurre pensar que se lo quitaron a otros que quedaron en la pobreza material”. En el mismo artículo, y renegando un valor fundamental en nuestra sociedad, particularmente en el deporte, afirma que “Respondiendo a ese ánimo de adquirir, tener y conservar es que surge el fenómeno de la competencia. Se compite para ganar en todos los órdenes de la vida y el catecismo capitalista postula que de esa lucha surge el bien común. Mentira. La consecuencia de ese todos contra todos son los ganadores y sus recompensas materiales vis a vis los perdedores y sus penurias económicas con el déficit moral de que tantas veces se triunfa haciendo trampas”.
Añade que “El compartir no produce ganadores. Se trata de un esfuerzo generoso y no fomenta pugna de clase alguna. No hay vencedores ni vencidos. Sólo se promueve el amor y la igualdad”.
Termina el artículo con un reclamo acongojado, angustiado pero esperanzado: “Asustado por esos truenos, estoy cruzando la frontera del milenio como un buen perdedor; amarrado a mi asiento y con los frenos a todo meter, pero abrigando la esperanza de que lo mío y lo tuyo puedan ser de ambos y que esa honrosa entrega nos traiga la paz”. Bueno, antes de seguir, es necesario aclarar que si los perdedores fueran así, me apunto en la perdedera.
En “¿Ojo por ojo? Jamás”, se hace una exhortación necesaria a la que en otros artículos dice que es la nación más poderosa del mundo: “El liderato político de los Estados Unidos tiene que vacunar a esa nación contra el virus del egoísmo dolarista y de la ética corporativa en la que todos los valores humanos se resumen en el Dow Jones”.
En El niño bueno categóricamente se afirma como si fuera una catilinaria que “Ser bueno es querer y ser querido. Ni más ni menos. ¿A quién se quiere? Al prójimo. ¿Cómo se quiere? Compartiendo lo que se tiene para que no le falte a él lo que yo pueda tener. Una vez el niño desarrolla esa capacidad de ser feliz en función del prójimo se fijará metas generosas como la de servir en vez de servirse y la de vivir en un mundo de paz donde todo es de todos y nada es de nadie. Si su hijo nunca se ha destacado en la escuela o en deporte y sólo puede calificarse como un niño bueno: lo felicito”. Tal vez esa sea la más contundente afirmación de que “saber para servir” no es otra cosa que “ser mejores para servir”: el niño no sabe, pero es bueno.
En La paz y sus enemigos la obra pregunta “¿Cómo puede haber paz en una sociedad donde nos pasamos la vida ganándonos los unos a los otros? Tenemos que sustituir el afán de competencia por el de compartir”. Luego indica: “Porque en este mundo de competencia salvaje los hombres se pelean por todo y todo el tiempo”.
Creo que no hay que abundar más para convencernos de que el subtítulo, tal y como indiqué anteriormente, lo que significa es “ser mejores para servir”. Hacemos la anterior interpretación conforme a Barthes, crítico y filósofo citado al comienzo: “la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad de cuerpo que escribe.”
En esa primera parte del libro, esto es, en La ética, hay una denodada defensa al principio de “compartir con los demás”. Queda claro que la expresión no es la de “cooperar con los demás”. Los conceptos y sus significados están claros. Es evidente entonces que la propuesta sea a compartir y no a cooperar ya que el compartir conlleva el dar, repartir, dividir, distribuir entre los hombres. El cooperar tan sólo conlleva el obrar junto a otro para un mismo fin. El que coopera no necesariamente da, reparte, divide o distribuye. Su afán es lograr un fin que puede o no beneficiarlo, pero sin referencias a la entrega, al dar, al repartir, al dividir. Si la cooperación hace un reclamo a la razón, el compartir lo hace al alma. El libro lo tiene claro y es la base fundamental de toda su argumentación.
La anterior reflexión sobre “el compartir” es de cardinal importancia. Del libro aprendemos lo que deberíamos saber: que día a día deportisamos más la vida haciendo de nuestras interrelaciones un evento de pista y campo, de cancha o de parque de pelota. En nuestro trabajo, en nuestra profesión, en los estudios, en el regateo en las carreteras, en quién llega primero porque sí, en quién demuestra ser más inteligente, osado, original, atrevido. Es común escuchar particularmente a los abogados decir “Este caso te lo gano” o “a mi no me gana nadie” con una soberbia y trasunto de superioridad que demuestra una pobreza de espíritu que produce mucha pena, inmensas ganas de llorar. Es lo que algunos llaman la forma peloteril o baloncelística de ejercer un trabajo, una profesión, una faena cualquiera. Nos miramos para competir y medirnos en todo. Somos tan osados que despreciamos al que no se quiere medir con nosotros o al que no reconocemos ni tan siquiera como un reto de competencia. ¡Qué inteligente, culto y superior soy!
Sobre el tema de la competencia hay todo un tratado y repito, la obra debe ser texto de enseñanza. Tal vez con ella deban comenzar los cursos de educación física para bajarle un poco las ansias de competir a los que en eso se meten.
No podría terminar sin hacer referencia a lo que para mí es una de las contribuciones más importantes de la obra y tal vez la aportación más relevante a la ideología independentista de finales del siglo pasado: la propuesta de armonizar nuestra nacionalidad con nuestra ciudadanía para acabar con el “antagonismo irreconciliable” de ser nacionales de un país y ciudadanos de otro. No hay nada que explicar ni forma de presentar tan trascendental asunto. Tan sólo hay que leerlo y ahí lo dejo a ustedes.
En Asociación de Maestros v. Secretario de Educación, 156 D.P.R. 754, el Tribunal Supremo, citando el Diario de Sesiones de la Convención Constituyente 389 del año 1951, que a su vez citaba a Baldorioty. Decía:
Pensar y expresar el pensamiento libremente, por la palabra hablada o escrita, no solamente es lo propio de la naturaleza humana, sino el medio único del progreso humano.

Hablo ahora de Fufi y no del libro: Como antes cité, piensas y expresas tu pensamiento libremente por la palabra hablada o escrita, acción propia de la naturaleza humana. Lo haces con calidad e inteligencia inigualable. Nos convocas al verdadero progreso humano y por ello te estaremos siempre infinitamente agradecidos.
Buenas noches.