“¿Por qué no te callas.”

 

         Para mí, y debería ser para todo el mundo, el rey de España no es otra cosa que un común mortal con iguales apetencias y necesidades naturales a las de cualquiera otro.  Es un poco más alto que el promedio, como el bobo de Lola, por lo que debe comer y digerir más. Se caracteriza por lo lento, ladrón (no hay obra pública o privada donde no guise, por aquello de la reverencia y el servilismo voluntario de sus vasallos) y por una falta escandalosa de capacidad para todo, excepto para atragantarse de vino caro y empacharse de manjares exóticos. Más en serio que en broma, sus súbditos afirman que aprendió a gatear y a hablar ya casi en la preadolescencia y que los hoyos de la cara se los hizo aprendiendo a comer con tenedor. Dice la voz popular de sus siervos, que a sus sacrificados viejos reyes se les hizo difícil enseñarle los modales básicos de la corte, por lo que el mapo siempre lo seguía. Su escaso pelo enrizado le resta un poco a su pureza lacia por lo que se puede pensar en un negro resbalón del pasado no muy remoto.

Como hombre, es una vergüenza pública para los que nos hemos fajado honradamente con la vida en búsqueda del sustento, en la actuación decorosa y en la aportación comprometida con la consecución de una vida mejor para nuestra descendencia. El tipo nunca ha dado un tajo, vive de los demás, y por una aberrante tradición piramidal que ellos alegan que apunta al cielo, es adulado y ensalzado. Algunos ibéricos, pocos, con acentuado déficit neurológico, se babean por él y se extasían con su presencia. El monarca pertenece a esa raza de vividores en vía de extinción, que por su comodidad, vagancia y falta de vergüenza, por muchos siglos han proclamado estar ungidos por la gracia divina para perpetuarse en el poder consumiendo lo que los demás producen sin dar nada a cambio.  Es un bochorno, o lo que es peor, un parásito social que aún subsiste por imperdonables olvidos guillotinares. 

         Pues como Dios los cría y ellos se juntan, el presidente Rodríguez Zapatero, que por lo que va demostrando en el ejercicio de su oficio, heredó más de su madre, lo trajo a exhibirlo vulgarmente borracho a la Cumbre Iberoamericana. Acá, en Latinoamérica, tajada del mundo que fue ultrajada, vejada y destruida vilmente casi hasta las cenizas, por los que empuñaban un mosquete con una pequeña cruz en la mira para coger puntería, hay que tener cuidado cuando sus visitantes representan tantas cosas macabras. Un escritor nuestro, por aquello de salvar un poco la historia y expresar algo amoroso y bueno, decía que los muy malditos se lo llevaron todo y nos dejaron el idioma. Pero se llevaron el nuestro, que no éramos mudos, acompañado de todo lo demás y allá quedó parte de nuestra riqueza para satisfacer a los aberrantes embelecos majestuosos. Se acostumbraron tanto a matar, que cuando acabaron con los nuestros y salieron corriendo como gallinas asustadas, terminaron matándose entre sí en una loca guerra civil para continuar su práctica sanguinaria hasta el Valle de Los Caídos.  ¡Que viva la civilización, Mussolini, Hitler y Franco!

         Pasó lo que a estas alturas de la historia pasa porque el tiempo pasa y no hay rey que lo aguante: Chávez, un presidente de ésos que, casi silvestremente, la naturaleza, la conciencia y el dolor van pariendo en nuestra América, le hizo un pequeño comentario a Zapatero. Tan sólo mencionó, que el anterior presidente español, aquél al que le decían Aznar, no por relacionarlo con asnos, sino porque así se llamaba, para posicionarse y coger pon con el poder, hizo corrillo y colaboró y apoyó junto a los estadounidenses el golpe de estado en Venezuela. Y Zapatero, hombre fino que no le agrada que a sus panas del poder les digan verdades amargas, se calzó, que es igual a que se enzapató.  En un trabalenguas exquisito, muy parecido a las cantinfladas de Aznar, dijo, con pose y gesto de manufacturero de frases penetrantes, que quería respeto para su ex presidente, porque su ex presidente fue elegido democráticamente. Ahí no lo pude evitar, y se me salió un profundo suspiro de admiración.

La lógica de votación mayoritaria de Zapatero, con todos sus pespuntes,  leznas y gubias, dice que a los mandatarios elegidos por votación hay que respetarlos. Ese razonamiento de pacotilla, de quincalla política, tipo Primitivo Aponte, quiere decir nada más y nada menos que a los electos democráticamente, que no es otra cosa que sacar a como dé lugar el más alto por ciento de votos, hay que respetarlos porque sí. No importa si lanzan bombas, matan a mansalva, se alían con asesinos internacionales, mercadean con la decencia, roban y representan la escoria de la humanidad, hay que respetarlos como habría que respetar a un Bush cualquiera. ¡Genial, sencillamente, genial!  

         Por poco lo olvido: mientras Zapatero hablaba como europeo ofendido que quiere repartir el pan del conocimiento con una jerigonza de párvulo atrevido, de su lado surgió la ebria figura del vago y vividor reinoso, y bajando de la diestra del Padre y con la autoridad que le brindaba la imbecilidad, le dijo a Chávez: “¿Por qué no te callas?”

         Y Chávez, Chávez, no se calló.