Gracias, Capos

Entonces nos preguntamos por qué andamos mal y nadie quiere estudiar ni formarse, ni adecentarse ni comportarse, ni ser solidarios ni decentes, entendiéndose por decencia lo menos dañino del comportamiento hacia los demás. Los niños se fugan de las escuelas y a los padres que también se fugaron porque los abuelos también lo hicieron, no les importa un pito.  Lo importante es creernos la última alcapurria de la vitrina de Piñones y pensar que somos el ombligo del mundo, la estaca de amarrar a nuestros congéneres para que giren a nuestro alrededor mientras de vez en cuando le regalamos una sonrisa o un insulto.  Sin nada que dar, sin nada que aportar, sin nada que hacer, exhalando oxígeno e inhalando monóxido como vegetales sin corazón.

Nuestro gran sueño es poder llegar un poquito más allá en el tiempo para mugir alguna oración que en el último momento nos salve y borre nuestro pasado de arrastre por la tierra, por el barrio, por la avenida. La calle se convierte en un infierno y no hay quien salga porque todo es peligroso y el dominio de la ciudad no lo tiene el gobierno ni las iglesias, ni las escuelas, ni los ciudadanos ni la madre que los parió y nos da una sensación de desamparo porque no existe nadie que ponga vergüenza.

Cuando ya nos estamos convenciendo, o estamos convencidos de que estamos solos: ¡Surge la salvación! Apenas se asoma, pero se otea en el horizonte como posible resguardo de este pueblo descascarado que ahora comienza a arrojar pedazos grandes de su integridad mientras se hunde en el charco de la desesperanza.  ¡Llegan los capos a poner vergüenza! ¡Qué belleza! ¡Hurra, hurra!

Me encontraba en el tapón de la Roosevelt cuando lo escuché todo en palabras de nada más y nada menos que de Millo, el Súper, viejito al que, aunque no los tenga, siempre me lo imagino con varios dientes de oro.  Con una solemnidad de actor frustrado, tipo Fortuño cuando frunce el entrecejo y se peina de lado haciéndose el serio, decía el mílite: “Esto es una nueva modalidad, señores.  Si usted está en el semáforo y la luz cambia a su favor, no le toque bocina al que lo precede porque puede bajar un capo y dispararle a quemarropa en plena cara (lo de quemarropa y plena cara no lo entendí bien, por el asunto de la ropa en la cara, pero ni modo).  Pero eso no es muy nuevo, lo nuevo es que viajan en pares y apuestan entre sí lo que va a ocurrir: si usted les toca bocina, le espetan el tiro, pero si no la toca, se bajan y le tiran al asiento un fajo de billetes por $500.00. Ya lo hemos visto y se han reportado varios casos en la zona metropolitana de los dos tipos: de muertos y de premiados”.