Las excepciones no hacen la regla y los pocos siempre son los menos. En este pueblo bendito, se toma cerveza, ron, se consumen drogas, se va a los parques de pelota, a las canchas, se politiquea, se ve televisión, se habla por teléfono móvil, se erotiza, se corrompe, y se cometen los más variados y escandalosos crímenes porque todo se criminaliza. Ésa es la norma aunque nos autocomplacemos diciéndonos otras cosas que nadie, ni nosotros mismos, nos creemos. Se nos está acabando la vergüenza.
En este pueblo bendito, las casas tienen rejas que protegen a los de adentro y los de afuera porque ambos son peligrosos. Los hijos se crían con otra señora y cuando caminen, el parque y la cancha, con sonido mefistofélico, le cantarán sus nanas de aros de magnesio y perreo. Cada parque y cancha que se inaugura es el presagio de una nueva cárcel: pregúntele a los presos. Muchas madres son niñas y muchos varones ni siquiera niños son. Las madres y padres no tienen preocupación: la tele entretiene a los nenes y cuando estén educados, participarán en los programas de Noti Uno y tal vez sean peloteros, boxeadores o meneen el cóccix en televisión como mujeres de vocación horizontal.
En este pueblo bendito, se asfalta, se vacía cemento, se destruye y se construye. Consumimos automóviles y producimos carreteras, chatarra y basura: como para exportar. Tenemos tarjetas plásticas y envidiamos sus colores y significados. Compramos, y tenemos grandes centros comerciales donde se chulea, se pasea y se desvive hasta la última gota. No tenemos por qué buscar distracción porque la vida toda, es eso.
En este pueblo bendito, un alcalde con apasionada aspiración a ser reo, como lo es Mon Medina Salas, en 12 años puede construir 52 canchas y parques y no puede hacer un teatro, al que rimbombantemente ya han bautizado como Centro de Bellas Artes. Se juega a la bolita y a lo que no es bolita y el Gobierno fomenta el juego y lo castiga en una espantosa dialéctica sin nombre. La suerte, al contrario del trabajo, es un don que hay que cultivar con la práctica de la apuesta. Se roba, se traquetea y se procesa al pobre y a uno que otro rico por aquello del qué dirán. Los legisladores y soplapotes de gabinete se hacen acompañar por guardaespaldas para sentirse lo que no son: importantes. ¿Quién demonios le puede causar daño a alguno de esos seres cuando son tan nimios que ni siquiera provocan malos pensamientos?
En este bendito pueblo, muchas veces se confunden la inteligencia y la moral con ser listos como las ratas. Fulano sí que era inteligente: no sabía leer, pero se hizo millonario. Contaminamos, derribamos y levantamos, y todo se reduce al peseteo. O no tenemos nada para ser acreedores a algunas cosas o trabajamos para tener algo y todo nos cuesta. Eterna pelea por tener.
En este pueblo bendito, se rompieron todos los moldes. Nos acobardamos, achicamos, nos vendemos y degradamos. Cualquier ladrón nos gobierna porque se perdieron la dignidad y el honor. Se aplaude eufóricamente al que más habilidades motoras, visuales y musculares tiene. Héroe y modelo es el pelotero. En la campaña, nos eslembábamos con Rosselló, político pediatra, cuando corría en pantalones libidinosos. Si lo hubiesen expuesto leyendo o trabajando, nos hubiese parecido débil y tonto. Nada vale sin el poder, el deporte, el espectáculo y el figureo.
En este pueblo bendito, hay que tener poder para poder y estar dispuesto a entregar lo que sea para alcanzarlo. ¡Qué gustazo ordenar que se haga lo que no somos capaces de hacer! ¡Qué ñame, qué morbosa satisfacción y alegría, poder pisotear, balar órdenes y arrollar!
En este pueblo bendito, no hay hogar porque no puede haberlo. Huimos de las labores que más producen, pero que creemos que menos dejan. Nadie permanece en casa aunque haya niños que amamantar, calentar, formar y criar, porque nos acobarda darlo todo y las mujeres, que son blancas y se entienden, están en el feminismo y en la superación profesional.
Hemos alterado la naturaleza del crecimiento y la formación. Debemos a la vida buenos relevos. Trabajar y buscar nuevos modelos que no sean peloteros, boxeadores, buscones del deporte, de la tele o de la política, tal vez sea bueno. El país se nos va de las manos. Al menor decir o hacer, estamos prestos a limpiarle el pico al vecino o al compañero de punto. ¡Desenfunda, rapaz! La pasamos mal ahora que estamos bien. No somos violentos, somos lentos. No somos valientes, somos temerarios. No leemos, pero estamos leídos.
En este bendito país, no sabemos si vamos o venimos. Tan sólo respiramos, vegetamos y subsistimos. Eso, a menos que usted sea de esa minoría cada vez más chiquita. Si no estamos en el limbo, por aquello de entretener la mente, es posible que estemos satisfaciendo alguna necesidad apremiante, y ya. Nada más, y a otro que arree, que seguimos en la guachafita.
Pero hay excepciones, aunque los pocos, siempre son los menos. Un poco de este bendito país no es así y todavía saca la cara por nosotros. Muy pocos, cada día menos. Cuéntelos, distíngalos, consérvelos e imítelos. De lo contrario, en este bendito país, no nos van a quedar ni las excepciones. Cuando eso pase, ya no seremos un bendito país: seremos lo contrario.