Soledades

Leo en el periódico en la sección de Policías y Tribunales del miércoles 13 de noviembre de 2002:  Muere un joven durante una agresión simulada. Historia: «Un hombre fue arrestado ayer luego de que un adolescente confesara que ambos mataron accidentalmente el pasado viernes a un amigo que procuraba ser herido de bala para obtener el cariño de su familia, informó la Policía. El joven detenido, y que hizo el favor a su amigo, tenía 16 años y el accidentalmente asesinado tenía 18.»

Incluyendo a la familia: tres víctimas más de la soledad, el desasosiego y la incomprensión. Este país, que parece que se nos va quedando a la vera del camino, cada día se pone más patético, más triste. Puedo afirmar, y alguien debe estar de acuerdo conmigo, que no existe hombre en este redondo y vertiginoso mundo que se sienta tan melancólico, despreciado, desatendido, solo y triste, como para pedirle a sus amigos que lo hieran de bala para de esta forma ganar la atención y tal vez el cariño de su familia. Lamentablemente, el abandonado que pretendía resolver su soledad con una herida, murió accidentalmente. La apremiante necesidad de amor que invadía a este joven desesperado, sólo compara en intensidad con el inmenso despiste y enredo de valores, pasiones, querencias y desajustes de un amigo piadoso, psicólogo de pólvora, que complace a un solitario joven desatendido. La soledad es mala compañía. Produce tristeza, melancolía, desesperanza e irresistibles ganas de llorar y acrecienta ese deseo innato de sentirse querido, protegido y necesitado.

Estamos mal en este país. Mientras más somos, menos nos encontramos, nos comprendemos, nos amamos y más alejados estamos los unos de los otros. Estas soledades inevitablemente producen raras lealtades que conmueven y consternan. ¿Cómo es posible que un buen amigo acceda a dispararle a otro causándole todo el daño que una herida de bala puede causar? ¿Qué decisión es esa? El desatendido, solitario y poco querido joven se quedó sin compañía y sin la pena de la familia. La familia se quedó sin la posibilidad de rehabilitarse con su hijo, y lo que es peor, se quedó sin él, que fuera como fuera, siempre era su hijo. El amigo de gatillo compasivo perdió a su cofrade desesperado, perdió su libertad, y presumo que su tranquilidad.

Con mayor volumen que antes, estos macabros reclamos no dejan de ser nuevas formas de llamar la atención. Repito: algo anda mal en este país. El parco parte de prensa, de esquina inferior de página oculta y compañía de especiales de época, es el anuncio de la desesperación en esta pobre isla de sálvese quien pueda. La Comunidad Especial de Sila de la que todos formamos parte, aunque a algunos no nos rotulen, cada día se insensibiliza más. La poca importancia periodística hacia la desgracia significativa, es otra muestra de lo mal que estamos. Aquí no se escuchan los gritos de los muertos nuestros de cada día. La oficialidad que tanto se preocupa por hacer chucherías aquí y allá, de inaugurar proyectos, colocar primeras piedras, anunciar otros y retratarse en poses de próceres, ni siquiera se entera de lo que está pasando. Están tan embadurnados en cemento, pintura y espectáculos, que son incapaces de comprender que este pobre, muy pobre país de ayudas gubernamentales, se nos desaparece como agua entre las manos.

La vida nos importa un soberano pito y no dude usted que un  mal día se encuentre con un amigo del alma, que para resolver sus problemas existenciales, le pida el favor de que le propine una paliza, le dé par de tajos o uno que otro tirito. ¿Qué nos está pasando? ¡Por Dios, que no venga algún idiota de último cuño, con aires de intelectual genérico, a consolarnos con la cantaleta de que eso es un mal mundial, como siempre nos dicen cada vez que señalamos algún problema  que nos agobia! He recorrido algunos tramos más allá de nuestra arena  y no he visto, escuchado o leído barbaridades y locuras como las que se ven en este cada vez menos cantado país nuestro.

En un su libro De Guajataca a Los Cedros, el Lcdo. José Enrique Ayoroa Santaliz, perspicaz y sensible caminante, nos decía que «En la muralla de bloques que divide la estación de gasolina  Álvarez Crescioni y el parque del estacionamiento del condominio Torruela, hay una enorme inscripción, pintada a brocha gorda: ÑOÑO ES TRISTE. Traté de imaginar cuán triste y cuán solo, cuán carente de oído receptivo, de una sonrisa para sonreír y de un hombro para llorar, tiene que encontrarse un ser humano para tomar un latón de pintura y una brocha ordinaria y consignar en una verja la angustia que lo consume.»

Amigo Quique Ayoroa: el joven del parte de prensa estaba aún más triste y fue con sangre que escribió su pena en la pared de la desesperanza. Tenemos penas y dolores nuevos que no apuntan a remedios de anuncios con brocha ordinaria. Ya Ñoño no es triste, Ñoño se murió de pena.

 

Nos sentimos solos y nuestra soledad no tiene que ver con compañías, tiene que ver con desamparo y eso, eso sí nos pone tristes. Nos estamos muriendo de pena y no nos damos cuenta. Y si todavía hay espacio para ello: Feliz Año Nuevo.