Pesas y medidas

El Estado no puede pensar que usted es ladrón. La honradez, al igual que la buena fe, se presume. Pero  si el gobierno no educa para la honradez, sentirá la necesidad de alterar la presunción. Eso hizo cuando hace un fracatán de años aprobó la Ley de Pesas y Medidas creando una presunción de incorrección, ilegalidad o inexactitud ciudadana. La ley exige que su romana, báscula, balanza, envase, metro o yarda cumpla con los ajustes y calibración oficial y hasta le cobran por ello. En este lío métrico‑decimal en que vivimos, el gobierno siempre lo está velando para que no se haga el listo y altere la romana o corte menos de la cuarta de tabaco vendido.

Como nos encanta colocar sellos, marbetes y cualquier embeleco que certifique que nos han estado velando, fisgoneando, persiguiendo y chavando, no hay aparato que mida algo, que no tenga el sello de “Inspeccionado por el Departamento de Asuntos del Consumidor”. Milagrosamente a los que miden y pesan a ojo de buen cubero, no le han tatuado un sello en la frente.

Recuerdo a los inspectores de Pesas y Medidas. Eran como embajadores del rey, y se sentían tan importantes como los post masters, pensionados federales o banqueros de pueblo pequeño. En maletín negro, traían papeles mugrosos y sellos oficiales de goma, con puño torneado en madera, para dejar constancia de la presencia oficial. Con mucha seriedad y soberbia, tipo agente abusador de Rentas Internas o drogas y narcóticos, examinaban los equipos. Luego de un largo silencio y profundo respirar del dueño del colmado, puesto de verduras, cafetín o bomba de gasolina, el hombre sacaba un marbete de un paquete amarrado con una bandita de goma y como si fuera una medalla de honor, lo adhería al artefacto. Cuando esos angelitos llegaban, todo el mundo se temblaba encima. Conocí a uno (que luego fue todo un honorable representante en la legislatura) que si el dueño del negocio no le regalaba algo de mercancía, o le cobraba la que antes se llevó, no aprobaba pesas ni medidas y hasta amenazaba con arrestar, confiscar y multar. Al igual que algunos procuradores, fiscales y jueces, creían ser la pulcritud y perfección andante, siempre dispuestos a aceptar el reto de lanzar la primera piedra. Del honorable representante tan solo les diré que algún tiempo después estuvo preso, precisamente por extorsionar a algunos dueños de negocios que, desesperadamente pedían protección gubernamental.

Calibrar no es otra cosa que invertir las presunciones culpando y castigando por adelantado con la noble excusa de proteger al consumidor. Sin embargo, ¿se han preguntado quién nos protege de los robos del gobierno? No hay Procurador del Ciudadano, Contralor, David Noriega con toda y su cinta azul o fiscal federal chismoso, que lo haga. Robo del gobierno ocurre cuando nos hacen pagar dos veces un boleto de tránsito porque se nos perdió el comprobante de pago y la maldita ordenadora de Obras Públicas, curiosamente olvidó que usted había pagado. No logro explicarme cómo en la pantalla del D.T.O.P. nunca aparecen pagos dobles que generen un crédito para el ciudadano. Lo mismo ocurre con el Centro de Recaudación de Ingresos Municipales. Bajo pena de embargo de propiedad, se paga doble y hasta triple. Pero éstos son robos rudimentarios, sin clase, que se quedan pálidos ante otros que son obras de arte del tumbe gubernamental. Estos hurtos que todos sufrimos y nadie percibe, se hacen a través de los contadores del gobierno. ¿Se ha percatado de que el Estado, ese santo varón que nos protege de los malos, mantiene en la pared de su casa un sospechoso aparato (que para mayor burla es transparente) que mide la energía eléctrica que su hogar consume sin que nadie le ponga un sello de inspección? Curiosamente, esos artefactos tienen un tornillito dentro de la pelota de cristal que a un lado dice “F” y al otro dice “S”. ¿No le parece que “F” es la inicial de “fast” y “S” de “slow” y que el tornillito es para ajustar la velocidad del anillo electrificado que da vueltas sin cesar y que en su incesante peregrinar parece que nos saca la lengua? ¿Quién regula el aparato, la Autoridad? ¿Quién le pone el sello de aprobación? ¿Quién dice que mide bien? ¿Interviene el Departamento de Asuntos del Consumidor? A menos que crean que su cuenta debe dejar más de lo que está dejando, en cuyo caso los que roban lo acusarán de robo, ¿cuántas veces usted ha visto a los empleados de la Autoridad calibrando su contador? Debemos presumir que el desgaste por el tiempo (todas las cosas se desgastan) hace que la ruedita corra más rápido marcando mayor consumo, porque si fuera al revés, lo cambiarían semanalmente, y se lo cobrarían a usted. Hay que ser bien cándido para pensar otra cosa. Y el contador de agua, ¿quién lo ajusta y regula? ¿Será ese honrado negocito francés, que desinteresadamente las administra, quien calibra perfectamente su contador? ¿En beneficio de quién usted cree que lo calibra, de usted o de ellos? ¿Para facturar de más o de menos? ¿Por qué no lo certifican en el aparato? ¿Es privada la calibración de las cosas públicas? ¿Habrá otros intereses encubriendo este gran robo? ¿Quién corrobora la calibración?

Ya que la corrupción galopante nos ha truncado la poca confianza que le teníamos a los gobernantes, nos deben permitir inspeccionar, calibrar y sellar los contadores que instalan en nuestra propiedad. Cada vez que descubramos algún tumbe gubernamental, procesaremos  al responsable, en corte de pueblo, y se condenará como ellos condenan a cualquier hijo de vecino que se apropie ilegalmente de alguna propiedad pública. Tal vez así logremos detener un poco el pillaje oficial. Por algún lado se empieza.