Pantalones

La primera parte del patético cuento del escritor-actor Rafael González Salas es el relato de un incidente cualquiera al que todos estamos acostumbrados. Días antes de su desgracia, escribió en una página de Internet: “Me encontraba de compras en el Cantón Mall de Bayamón, en la tarde del lunes 29 de septiembre de 2003. Llevaba encima una mochila verde con mis cosas y una bolsa de supermercado, con otras cosas más, cuando me detuve en la tienda Grand Stores en donde tenían una venta especial de esas de ‘compre un artículo y llévese el segundo a mitad de precio’ la cual quise aprovechar, ya que en general andaba corto de fondos. Nunca imaginé lo caro que me iba a costar el baratillo. Entré a la tienda por la parte frontal, de hecho, la única disponible para el público. Fui a un rack de pantalones mahones que en ese momento necesitaba, busqué varios de los que me podían servir y me dirigí al probador, en la parte de atrás de la tienda. Luego de probármelos saqué todos los que no me servían, los dejé de vuelta en su rack y busqué otros más en la tienda para hacer lo mismo”.

Relata entonces que una dama que trabajaba en el lugar, lo acechó y junto a varios guardias municipales y estatales (quienes siempre trabajan en siniestra complicidad, esto lo digo yo, no él) le fabricó un caso. Estos últimos, según su relato, lo arrestaron (él dice secuestraron) y agredieron. Luego, como costumbre que todos saben -menos los jueces que viven en otra dimensión y siempre presumen la bondad del sistema y de los poderosos-, lo chantajearon. Le dijeron que se abstendrían de radicarle cargos criminales a cambio de su silencio sobre la forma en que ellos procedieron, esto es, que siendo inocente, lo arrestaron y agredieron. No accedió al chantaje. Entonces, ellos, los chantajistas, los malos, le fabricaron un caso y bajo juramento declararon la patraña planificada. En su lógica de callejón bayamonés oscuro, tenían que hacerlo así porque de lo contrario, serían ellos los acusados. El parte de prensa es confuso, ya que habla de la absolución por el caso de apropiación que le fabricaron, pero menciona que pagó una multa de $50.00 por no sé qué cosa, y sólo se paga multa si se sale culpable de algo. Esos reintegros de pagar multa por algo no son raros para los que los vemos diariamente, ya que generalmente son el salivazo del poder para el inocente, por aquello de chavar.

La segunda parte del cuento es la parte que todos vimos en la tele y escuchamos en la radio y leímos en los periódicos.  Con la vergüenza estropeada y la dignidad rota por el abuso del arresto, la agresión, la fabricación y la condena, con el empleo perdido y la familia destruida, mancillada su existencia y, para él, todo perdido, en arrebato de lucidez acudió a la tienda impía a limpiar su nombre. Antes, en ese mismo lugar, a la fuerza, lo habían arrestado y agredido. A la fuerza le celebraron un juicio, aunque ningún juicio se debe celebrar, más bien se debe lamentar. Lo juzgaron, y aunque lo absolvieron, pagó una multa (¿?). Con ese ejemplo magistral de la legalidad de la fuerza y el abuso, y con un cuchillo cagalitroso, en medio del loco gentío navideño, agarró a la doña que le fabricó el caso. La arrestó como a él le hicieron mientras gritaba cosas que al principio, nadie entendía. Dice la señora que se cortó al agarrar el filo del cuchillo. No la iba a matar porque si la mataba no hacía lo que quería hacer. Mientras la dama gritaba, y su mano sangraba, el antes arrestado, secuestrado, agredido, absuelto y convicto por no sé qué, vilipendiado, vituperado, vejado, estigmatizado, sin trabajo ni familia, con el honor robado y la dignidad violada, volvía al escenario de su desgracia para intentar darle marcha atrás al tiempo. No fue a matar ni a herir.  No buscaba venganza. A viva voz clamaba por el juez que lo juzgó y por un fiscal para que escucharan la verdadera versión del vía crucis de su vida por culpa de dos pantalones en especial y una tienda en particular. Casi no lo vimos porque apenas lo retrataron. Retrataron a los fotoperiodistas que lo trataban de retratar y entre retrato y retrato se nos escapó su retrato. De todos modos, en la única foto publicada pudimos ver su inmensa apariencia de pobre, con lentes grandes de los de antes, tipo Fernando Martín, trigueño con entradas taladas por el tiempo, y erguido como triunfador.

Nadie entendió al loco de la dignidad pisoteada, porque aquí se perdió el honor y cuando alguien se vuelve cuerdo, nos han enseñado a asustarnos de las reacciones que deberían ser normales. Nuevamente lo arrestaron y con los brazos esposados sobre el madero de su cuerpo, exclamaba: ¡no vine a matar, vine a salvar mi honor!

No tengo dudas de su primera inocencia. Tengo la absoluta convicción de la culpabilidad de los que lo acosaron y le robaron su vida por dos pantalones en especial de una quincalla grande. Si lo enseñamos bien y aprendió la lección de ser un hombre de honor y pelear a toda costa por su dignidad, no quisiera estar entre los que lo juzguen.  Como diría mi papá: es un hombre con pantalones. No robados, ganados.