Muchacho del carrito

No te conocía hasta el día en que escuché aquel patético cuento de camino y me enteré de tu amarga historia. Me dijeron que recogías latas en algún lugar desconocido de ese loco y ligero San Juan de garitas, riquezas y miserias. Escuchaste los pasos de un sonido galopante, y por tu naturaleza huidiza, hiciste lo que la vida te había enseñado: te escondiste en un oscuro zaguán para que no descubrieran tu inocencia, para que no te hirieran, para que nadie se burlara. Los golpes congénitos, sin culpa, te habían convertido en niño eterno. Debes haber asustado a los moradores de la casa vecina, porque alguien de tiro ligero y caletre lento salió, y sin identificar tus latidos, en este país de miedos y temblores, disparó hacia el lugar donde acurrucado por las sombras, palpitabas. El propietario pensó que le podías robar algún cachivache que valiera más que tú, y la mala puntería te alcanzó. El azar, como fuego sólido y perverso, te impactó en el vientre. Luego de llevarte al hospital, sufrir en una camilla la tortura de la espera por una habitación y por mucho tiempo luchar contra la muerte, te despacharon con una bolsita adherida a tu cuerpo que recogía todas tus miserias para hacer aún más triste tu ya difícil existencia.

Lo demás fue un largo, lento y agónico vagar sin rumbo por las calles del Pepino detrás de un carrito de metal, de esos de supermercados, que parecía tu lazarillo por las calles del pueblo y que en su incesante rodar, cargaba todo tu inventario. Desde que las primeras luces del día se sacudían el rocío anunciándote el final del descanso, hasta que, ya agotadas te dejaban de regreso a tu hogar, recogías las latas que otros, más o menos afortunados que tú, lanzaban al camino como si supieran que contaban contigo.

Apenas hablabas. Tan sólo sonreías, con esa sonrisa triste que acusa a la abundancia y da vergüenza al que la percibe. No te quejabas, sonreías. Si el recogido de aluminio andaba mal, extendías la mano con el orgullo del que reclama por su trabajo y sencillamente pedías, pedías para el café, el pan o un almuerzo cualquiera para la calle, la acera o cualquier rincón donde sintieras que no molestabas a los que sin saberlo, te acompañaban en el camino.

Ayer, cuando en el apuro nuestro de cada día me dirigía a trabajar, en un trabajo que no entenderías, porque nadie lo entiende, divisé tu carrito. Estaba solo y lastimado, y junto a uno de tus zapatos, parecía que con mucha tristeza, te miraba. A su lado, tus despojos ya sin forma se encontraban en medio de la calle sobre una inmensa alfombra roja que, en las primeras horas del día, brillaba anunciando tu partida. El que tal daño hizo, no se detuvo. Continuó su marcha sin apuros (acaso por saber que nadie lo delataría) dejando en el camino tu santo cuerpo con bolsita y carrito aún vacío, porque era muy temprano y el trabajo apenas comenzaba. Allí, con toda la escultura de tu cuerpo rota, yacías solito, amigo del camino. Hasta en ese momento te dejaron solo y fueron pocos los testigos noveleros de tu desgracia. Sin queja y sin vida. Aún así, conservabas tu sonrisa y tus ojos tranquilos, abiertos y tranquilos como el que mira sin ver, como el que parte sin pena, como el que espera la partida, como el que no deja nada, como el que acusa los apuros, las cosas y a los hombres de las cosas.

¿Sabes una cosa, amigo? El mismo día de tu partida, el gobierno, ese que dice velar por los niños y los desamparados en este país de trenes, escoltas y figuras de embuste, llegó a un acuerdo para hacer, lo que tenía que hacer sin acuerdos. Cuando leí el titular me acordé de ti y de todos los que como tu, por ser hermanos especiales, no lo hubiesen podido leer. Aunque pudiste aprender a leer y a escribir, siempre te negaron la oportunidad. Entre tanto robo, pillaje y deshonestidad, después de mucho tiempo de excusas, pleitos y negativas, el gobierno se daba por vencido: «Tras 21 años de pleito por la educación especial SE HIZO JUSTICIA. Emoción en la firma del acuerdo que obliga al Departamento de Educación a dar servicio a todos los niños con necesidad especial.» Fue una pena que no lo escucharas, fue una pena que no lo pudieras leer. Fue una pena amigo, que te marcharas. Fue una pena que no esperaras un poco, tan sólo un poco, lo suficiente para recibir el servicio que hasta el día en que te vi sobre tu alfombra roja, tanto necesitaste y que los malditos gobiernos, vergonzosamente te negaron.