Los apuros de Juan Carlos

         Estoy seguro de que no durmió la noche anterior. Si algo durmió, soñó con amigos, juegos, timbres, lápices, pinturas, paseos, maestros buenos y mundos de ensueños. Me lo imagino deseando que el día llegara para quizá, en complicidad con algún vecinito, encontrarse y alegrarse por el solo hecho de verse. Tal vez ansiaba mostrar su bulto, su bulto lleno de libretas, libros para colorear, crayones, sacapuntas de algún personaje infantil y algunas galletitas Bimbo con jugo y servilleta.

         La abuela igual. Mal dormir, dormir poco, soñar con su niño y su partida, soñar con su ausencia, con el vacío en la casa durante las horas de escuela, con su felicidad, con su alegría, con su seguridad y adaptación. Soñar y pensar que ya no es tan bebé, que tiene ropa de grande, que tiene uniforme y tiene escuela y tiene a otros con quien compartir y tiene salud y esperanza y tiene quien lo quiera y lo mime y lo acompañe y le ría y lo abrace, lo bese y lo acaricie. Sonreír y soñar, que la vida pasa y mañana es otro día. Otro gran día para tu niño, y ya llegará por ahí a pedir un beso y a llenar de música la casa con sus requerimientos de hombrecito de escuela, de primer día de escuela, con mil aventuras vividas y el cansancio que las acompaña.

Y el día llega hermoso con una catarata de luz desordenada. Y el corazón se le sale y sin pensar en otra cosa, la abuela lo viste como si lo esculpiera, porque cada minuto cuenta, y parece que la escuela y los amigos se le van si no llega, y tiene que llegar. Y la abuela lo calma y lo alienta, lo apacigua y lo motiva, lo aconseja y lo mira y le da un irresistible deseo de llorar mientras le prepara el desayunito a su hombre, a su niño hombre, a su criaturita saludable y lindo. Algún pequeño egoísmo bueno la hace pensar que lo perderá por compartirlo en alegría. Vestido en un dos por tres, sale del cuarto casi corriendo y arrastra a la abuela que lo calma y lo peina y lo bendice, lo acaricia y mira con ojos brillosos, pequeños y agradecidos por la gracia de tener la suerte de un niñito a quien querer, criar y acompañar.

Con sus afanes frente a la hornilla, hoy distintos y especiales, le prepara el desayuno que se queda frío porque el niño no puede, no tiene tiempo, se le van los amigos, se desaparece la escuela. Le asusta que pueda despertar del sueño de felicidad y no puede perder tiempo en comer, cuando habrá otros días en que lo haga y se canse de desayunar y comer y coger las cosas suaves, con calma. Pero ahora no. Ahora tiene apuro, bendito, el apuro infantil, el apuro de todos los niños, el apuro hermoso que empuja y hala, acelera y agita, requiere y reclama.

Vámonos abuela, que se nos hace tarde. Y la abuela obedece y complace. Y se van a esperar por el gran transporte amarillo. Pero no llega. No llega porque no tenía que llegar, porque era temprano, porque no era la hora, porque no. Se desespera el muchacho y hala a la abuela y se pone ansioso y le pide que no esperen, que se vayan ya, que caminen, que la escuela está cerca, que avancen, que los amigos esperan, que quiere verlos a todos y que todos lo vean a él, que quiere empezar y no puede esperar.

Y se van. La sonrisa en el rostro de ambos. Ella cargando con muchos años que, como artesano bueno, han ido tallando surcos en su rostro seco. Orgullosa del niño que la hace menos anciana. Hasta aquí lo traje solita, y he podido. Gracias Dios mío, he podido. Él con paso ligero y ella como queriendo aguantar el tiempo, como presintiendo que lo perdía, que se quedaba sola, que su niño la dejaba aunque fuera para estar feliz con los amigos y convertirse en hombrecito. Y le aprieta la manita sintiendo su calor y suspira y entretiene las lágrimas para que el niño no la vea porque está demasiado feliz y la felicidad no se perturba, que es como un sueño bueno.

Caminan y caminan y el viento sopla mientras otros apuros corren en competencia con la felicidad y la vida. Largo camino. Y entre paso y paso se le pierde el niño. No está en su mano y lo busca y ve su bulto nuevo. Su niño dejó el bulto abandonado, que tiene apuro y no puede esperar. Y dejó un zapato y a ella el rostro le duele y no quiere pensar, porque el alma protege el pensamiento. Y ya no sabe más, porque no quiere saber más. “Ay Rosy, mi angelito se fue. Tan lindo que iba para la escuela, yo lo había vestido”. Y no encuentra a su niño hermoso y su niño hermoso no está y ella se quedó solita con el desayuno frío, uniformes planchados a mano y un bulto con merienda y libretas, lápices, crayones y muchos recuerdos y sueños. Y Juan Carlos no está y el dolor sustituye al niño más hermoso y bueno del mundo, que por sus alegres apuros de vivir, y otros apuros de los que no quiero hablar, dejó esperando a su abuela, a su bulto, y a sus amigos.