La sal daña

 

Por ahí, por uno de esos oscuros rincones constitucionales que a diario nos molestan en esta incesante lucha pública contra un gobierno privado, se encuentra en un maldito recoveco la figura de un artefacto llamado Contralor.  Eso, que era en sus orígenes un oficio honorífico, como decente veedor de cuentas, gastos y libranzas, se convirtió en este equivocado país nuestro de cada día, en puesto de zafio recadero del que lo nombró, o como le decíamos en mi barrio, muchacho de mandados. De lo honorífico pasamos a la pacotillería e indecencia de pagarle a un títere como Manuel Díaz Sal daña, la suma de $126,000 al año, más los otros típicos accesorios inherentes a este buscón de encargo, francotirador rossellista, los cuales incluyen, entre otros beneficios, las cosas casi sin límite que usted se imagina.

La corrupción parece no tener descanso y, cuando de tocar puertas se trata, le da su aldabonazo al primer debilucho de caracter que se encuentra. No es noticia para ustedes ni para nadie, que al menos escuche algún noticiario en lo que hace sus abluciones matinales, que el beato de Manuel, estuvo de cuerpo presente y dignidad ausente, actuando de maquinador (chanchullero, como lo conocemos mejor) en todos aquellos montajes del pasado reciente para entregar a la AAA, y si no lo paran a tiempo, para entregar lo poquito de lo casi nada que nos queda. Con excepción de Juan Agosto Alicea, que parece que lo critica porque es su contraparte popular y el tipo se le fue adelante, y dos o tres más,  aquí nadie le dice nada a este personero que ha confundido la dinga con la mandinga y su vocación de clérigo bobolón con la de carga bate de la ignominia y la deshonra. En palabras de diccionario, librito que esquivo porque a cada página me regaña, este hombre es miembro de una secta que afecta rigor y austeridad, pero elude los preceptos de la ley, y sobre todo, su espíritu. Es hipócrita, alto, seco y de mala intención o catadura: es la definición de un perfecto fariseo.

Confundido al fin, en esa santa cabeza llena de números ajenos y cuentas de rosarios y dinero, este ser ha montado un gobierno aparte, casi paralelo, para, desde su púlpito de confusiones, afectar a todo aquél que no comulga con la nadería de sus imbecilidades fiscales. Es un selectivo bembeteador cizañero lleno de prejuicios. De Contralor (que es el funcionario encargado de examinar las cuentas públicas y la legalidad de los gastos oficiales) se convirtió en controlador de baja estofa que diariamente y a requerimiento de cualquier microfonista de radio barata, dice cómo hay que hacer las cosas y anuncia servilmente, con simulada voz baja y trémula, a quién va a investigar, si tal o cual cosa es buena, de qué color se debió pintar, a quién se debe regañar, a quién se le debe dar y no dar y qué auditoria o intervención omitir, ocultar, aplazar, esquivar o ignorar.

Con la excepción de la vez aquella que lo citaron al tribunal federal, donde se volvió un reguerete y andaba como alma en pena, sudoroso y cabizbajo (tipo su pana Víctor Fajardo cuando lo acusaron por primera vez y en unión a su familia reclamaba inocencia) al hombre no se le mueve un pelo cada vez que los adversarios y los que no lo son le solicitan la renuncia por incompetente y farsante. Este buscón de salario, posición y prominencia, debe renunciar a un puesto que le queda grande y al que le quita toda seriedad y honorabilidad.

Mientras lo piensa, sería bueno que se leyera la sección 22 del artículo III de la Constitución: “El Contralor fiscalizará todos los ingresos, cuentas y desembolsos del Estado, de sus agencias e instrumentalidades [palabra feísima] y de los municipios, para determinar si se han hecho de acuerdo con la ley”. Nada más, señor, nada más.  Déjese de seguir dando sermones de decencia y de intentar tirar la primera piedra, que no se puede pregonar la decencia desde la deshonra. A usted no se le contrató para discursear, mucho menos para jugar al Todopoderoso.

Renuncie, Contralor, tenga vergüenza, renuncie. Haga algo bueno por este pueblo. Demuéstrele que está arrepentido y que no nos torturará más por el resto de su nombramiento. La Sal daña y por diez años pudre.  Si Blair con sus manitas llenas de sangre lo va a hacer, que lo haga usted es una bobería. Aprenda de los que reconocen que se han equivocado e intentan demostrar un poco de pudor.

Que la procacidad no se convierta en modelo de nuestro ya marchitado pueblo. Hay caballeros que pueden hacer ese trabajo con dignidad y hasta podrían lograr devolverle a ese puesto el lustre que una vez tuvo y que usted ha maculado, abundantemente.