La cruz

No cesaba de llover. Diariamente. Las miradas y los gestos reventaban la determinación de la fecha y la tristeza más escandalosa se aprovechó del pesimismo de todos. Llovía. Llovía a todas horas con el empeño galopante de saturar y hacer nuevas marcas, de esas inexplicables marcas de época. Los continuos aguaceros mojaban a los protagonistas mientras el escenario inmisericorde, se inundaba y humedecía. No paraba de llover. Cada día más. Todo era agua, como océano que nos permitía respirar. Evocando palabras de catecismo y cuentos de Nisia, la santa pepiniana, llegamos a creer que alguien cercano que se había ido, lloraba mucho porque la habíamos olvidado, o tal vez, porque no podría estar.

La suerte estaba echada. Estaba echada. No había más que buscar ni esperar porque a todas las esperas se les hizo tarde. Acongojados, pesarosos y con la húmeda pena del agua, la que paradójicamente nos aguantaba las lágrimas como burlándose de la tristeza, no dimos marcha atrás. No lo hicimos porque cuando esas cosas se anuncian, es imposible desanunciarlas. Había algo de terquedad y coraje también.

Pronóstico: lluvia persistente e ininterrumpida durante toda la semana. Fuertes lluvias, rayos, truenos, relámpagos, nubes negras, lloviznas, aguaceros, goteo, viento, ráfagas y todas sus consecuencias paseándose indiferentes, como si desde afuera nos amenazaran. Malas condiciones del tiempo para el patio, para el aire libre. No habría salón. No. El techo alto sería el cielo por la insistencia del padre, la aceptación de la madre y la bondad y resignación de los demás. Y entre los bambúes salía agua, y de la quebrada. Brotaba del patio, de la montaña, de los techos y del aire. Alguien, tal vez el viejito Arturo de los sueños de Ive, dirigía aquella partitura de todas las aguas. Alguien, tal vez otro alguien, la colocó allí, donde no debía estar, donde no podía ir, donde molestaba, desesperaba y entristecía.

El día anterior nos cruzamos de brazos. Al atardecer, ya no había nada que hacer. El tiempo había pasado con todo su mal humor.

Entonces, como música que nos evoca lo mejor, entró ella con toda su belleza y amor. Llegó como el primer rayo de luz de la semana y lo alumbró todo con vocación de permanencia. Y se sentó junto a Ive no sé dónde y, pausadamente, con todas sus musarañas, sacó su rama bendita, cuidándola como si fuera una varita de cristal. La quemó, tomó la mano de Ive y, cerrando los ojos con fe especial, con sus cenizas purificadas por el fuego, hizo una cruz gris en el suelo, que parecía que se había caído. Nos alegró cuando entró porque la queríamos y sabíamos que era de milagros. Pero cuando la vimos encender la rama, cerrar los ojos y dibujar en el suelo la cruz gris caída, sé que todos nos acongojamos por la desilusión. Toda la congoja que siente el que sabe que no se puede, que la vida no es así, que ya hemos tenido demasiadas pérdidas del alma y los cuentos de hadas pasaron hace tiempo, mucho tiempo, demasiado tiempo.

Al otro día nos despertó la luz y un azul claro que era la envidia de cualquier otro cielo. No había nubes. Todo estaba seco. El día estaba alegre y nos sonreía. La brisa noble de la mañana había levantado la cruz del suelo y se la había llevado en sus hombros. Así pasó todo el día. Ella no nos dijo que fue por ella, pero lo sabíamos. La normalidad regresó a la casa.

Y nunca la hemos dejado de querer, a ella y a todas sus musarañas.