Jorgito

 

Hace varios años, pocos, me encontraba con unos amigos ayudando a construir una verja en hormigón. Tarea difícil. Bajo un picante sol, había que hacer, a pulmón, el maldito bizcocho de arena, piedra, cemento y agua. Ese día, sábado en la tarde, único disponible para confraternizaciones de mezclas y conversatorios de resumen semanal, ocurrió lo que siempre ocurría en la cofradía: como todos teníamos ideologías distintas, entre palazo y palazo comenzamos a discutir. Antes de que se chavara la mezcla, que temerosa de nuestras discordias, amenazaba escapar por los desniveles del piso, de que las palas se levantaran más de lo debido, y con la noble intención de mandarnos a callar, uno de los amigos encendió el radio sintonizándolo en Radio Raíces, La Voz del Pepino. Como estábamos en época de elecciones, que en este país es la quinta estación del año, había un programa político pagado, de los que las emisoras no necesariamente se solidarizan con ellos. Uno de esos queridos compueblanos que viven de los candidatos sirviendo de alicates profesionales como voces oficiales en las campañas (para luego del triunfo pasar factura cebada) con las palabras estereotipadas que todos conocemos y que parecen sacadas de un libro de recetas (échele tanto de ésto y de aquello), presentaba a la más grande atracción de taquilla del momento. Aquella última alcapurria de la vitrina de Queco el de Cuchilandia, era nada más y nada menos que Jorge de Castro Font, Ñañito. Aparentemente, el presentador pensó que soltaríamos las palas y nos sentaríamos a la sombra de un guayabo a escuchar las iluminadas palabras del tremendo tribuno de frenillos en el alma y la lengua, porque en su vehemente invitación insistía en que prestáramos atención a aquél Ricky Martin de la política.

La verdad es la verdad, y la verdad es que, aunque no le hicimos caso a la voz oficial, cuando el aspirante a prohombre comenzó su perorata, soltamos las palas, y la mezcla inconclusa, que valientemente nos soportaba, por poco fragua en plena plazoleta. Con excepción de Carlos Romero, jamás de los jamaces habíamos escuchado un mensaje de político de baquelita que tuviera tanto disparate junto. El conato de orador con elocuencia de narrador hípico, sin ningún recato, pudor o vergüenza, se atrevió a parlotear públicamente en un digo sin decir pero creyendo que decía. Nunca imaginé que en un mensaje hablado, si es que aquello era hablar, cupiera tanta arrogancia, inexactitud, falta de intelecto, de conocimiento y sensibilidad. No había profundidad, pero abundaba la oscuridad. El hablador con ínfulas de tribuno, comenzó su bembeteo con una autopresentación. En espectacular ejercicio esquizofrénico, habló de él en tercera persona, tal y como lo hacía el cantante español Rafael Martos en sus años de gloria, aleteos y locuras. Se introdujo asimismo (¿?) hablando de la grandeza de sus antepasados, entre los que mencionó a gente buena de mi pueblo. Después del preámbulo casi sin fin (en el que enzalzaba a su parentela de una supuesta sangre azul, riquezas de dinero, conocimientos, relevancia y patriotismo) nos dejó caer un “y aquí estoy yo representando a mi gloriosa familia por doble estirpe”, insinuando que era la purísima reencarnación de todo lo bueno de su ascendencia, como si fuera un embajador de ultratumba.

Realmente, el tipo fue un buen chiste que sirvió de catalizador entre cuatro amigos con puntos de vista eternamente distintos. Por primera vez, las opiniones en la cofradía de disidentes, eran iguales. Todos creíamos y comentábamos lo mismo: que el hombre estaba ebrio, que estaba cualquier otra cosa, que era narcisista, mediocre, idocio, embustero y hasta tusa y patán creo que lo llamamos. Nadie le dijo loco porque loco no era y a los locos se les respeta. Definitivamente, y que me perdone Allan Kardec, la herencia de espíritus evolucionados, pulidos y buenos, que según su autopresentación los traía “de paquete”, salieron huyendo al inicio de su palabreo, o sabe Dios por qué designio, instantáneamente, se le borró la evolución y comenzó en cero en el Pepino. De todos modos, el arlequín borrachito logró que los que tanto discrepamos nos pusiéramos de acuerdo, y felizmente, termináramos la verja. Con gran simbolismo y solemnidad, le hicimos una pequeña tarja al tribuno de pacotilla grabando su nombre con un clavo mohoso en el cemento fresco de un muro de la verja.

Este pobre hombre es lo más gracioso. Por poco nos morimos de la risa cuando habló de su gran experiencia legislativa por haber revalidado en varias ocasiones, como si ser elegido por coger pon, fuera una designación divina y no una busconería de esquina. En el trabajo legislativo, la experiencia es de un año, lo demás es repetir el grado. Ese don sin dones, motorista con pose de Gardel, discípulo de Carlos y Pedro y aspirante a Peña Clown, en un difícil trabalengua dice que no es de aquí ni de allá pero que prefiere a los otros aunque sus lealtades están con los primeros y se desvive por aquella pero se inclina a la otra. Además de disparatero, se comporta como nene riquito que quiere llevarse el bate, la bola y el guante, porque por flojo no lo dejaron jugar a la presidencia de la Cámara de Representantes. Es gracioso, y para los que disfrutamos de sus interpretaciones, es como un Chavo del Ocho para adultos.

De la mezcla para acá ha pasado algún tiempo y gracias a Jorgito, no se nos ha caído la mini fraternidad. Cada vez que asoma alguna disputa, alguien habla de los chistes de Jorgito y se forma la bachata.