Indulto

    Indulto es clemencia ejecutiva. Clemencia es compasión, conmiseración. Es la lástima que se tiene para con el que sufre penalidades o desgracias. El ejecutivo es el que ejecuta. Aunque confundimos ejecutivo con ejecutar, ejecutivo es el que hace. Ejecutar es dar muerte al reo. La ejecutiva en este adolorido pueblo, es Sila María Calderón. El indulto es la compasión que puede tener Sila con cualquiera que esté acusado. Esa compasión se expresa con el perdón y es para el Gobierno, lo que la absolución para los religiosos. El cura puede absolver de los pecados, y Sila puede indultar de los delitos que son como pecados civiles. Ambos están investidos del don del perdón.

Los indultos son totales o parciales. Sila puede perdonar todos los delitos o alguno de ellos. También puede poner condiciones para el perdón (como los sacerdotes cuando dicen que absuelven a cambio de par de Padre Nuestros) y puede concederlo en cualquier momento (como le pasó a aquel angelito de Nixon, que lo perdonaron sin acusarlo). Generalmente, el perdón o indulto dice mucho del que lo da e insinúa del que lo recibe.

Carlos Pesquera, honesto vástago de esta tierra, criado y educado al amparo de nuestros enredos y tradiciones coloniales y con valores incrustados hasta el ñeque, hizo lo que era normal que hiciera cualquier hijo de vecino con igual formación. Al pobre hombre lo criaron en la cantaleta institucional de que el sol sale por el Norte, que lo de allá es grande, bonito y bueno, que los jefes son lindos, inteligentes, poderosos, nobles, ricos y que su infalible Bush es un dios al que todos debemos hacerle reverencia en genuflexión por aquello de curarnos en salud. Estudió con becas federales y siente una deuda eterna, que es el peor gravamen que tiene el alma. Desde pequeño se eslembó por el inglés, el dólar, la ciudadanía, el pasaporte, el himno, la bandera y hasta por la nieve. Ése es Carlos Pesquera: el ser más escandalosamente normal que haya nacido en este endrogado país de hambrunas de valores. Si usted siembra aguacates, no espere chinas.

Pues, ¿qué pasó con ese buenazo de ciudadano? Un buen día se percató de que había una oficina pública que no tenía la bandera estadounidense. ¡Horror, por Dios! ¿Qué creía usted,  gobernadora, que este hombre iba a hacer? Así nos criaron y así nos enloquecieron y así aprendimos a desear que nuestra madre fuera la del vecino y no la que nos parió. Ese hombre hizo lo que las escuelas de Muñoz, Sánchez, Romero, Hernández, Rosselló, usted y todos los que le precedieron, le enseñaron que había que hacer: enloquecer hasta las meninges. Sí señora, él, como buen discípulo, enloqueció de arriba abajo. Producto de esa locura, subió las escaleras de la Oficina de la Procuraduría de la Mujer (realmente no sé cómo las mujeres libres permiten que exista una oficina que se llame así), como espadachín del pueblo, y salvó el honor de la patria de otro. Con sensiblería sin par y apurados besos al aire, plantó su símbolo de progreso, bondad, dinero y poder. ¡Misión cumplida! Siendo honesto con usted, señora, el hombre se portó bien. Se acercó a la puerta de cristal (me recordó al niño pobre de Felipe Rodríguez que con su carita tierna buscaba amparo el día de Reyes) donde se cometía el ultraje por omisión, y tras pedir, con rostro demacrado y mirada perdida que no lo hicieran sufrir más, en un descuido se coló y, como alma que lleva el diablo del fanatismo, se encaramó hasta la cúspide anhelada y espetó la lanza de su bandera como Quijote en molino. A sus espaldas, un corrillo que también resultó acusado (y que representaba lo más aprovechado de la escuela de la locura), aplaudía delirantemente a otro puertorriqueño que escalaba el Everest de la imbecilidad.

Eso fue lo que pasó. Señora gobernadora: no sea inmisericorde y perdone a ese hombre. No sea cruel que él también es criatura de su vientre. Indulte a ese clon de la conciencia colonial, inmunodeficiente político. Bastante daño se le ha hecho con lo que se le enseñó para ahora, de ñapa, castigarlo por ser buen discípulo. El pueblo le aplaudirá su benevolencia. Claro está, habrá algún indigente espiritual que diga que lo perdonó porque el caso se iba a caer, que era flojo, o por las primarias y un montón de sandeces más, pero no les haga caso.

No espere a que sea tarde. Debió haberlo hecho desde hace mucho tiempo, pero sus asesores son unos tirapiedras que la llevan por mal camino. Pudo haberlo hecho el mismo día con gesto de regaño e indignación, pero no es tarde, todavía hay tiempo. Hágalo por bondad, no por mezquindad política. Hágalo como dama nuevamente enamorada. Demás está decir que Pesquera no se amotinó. Sus asesores en delitos le tienen que haber dicho que motín es el “empleo de fuerza o violencia que perturbe la tranquilidad pública o, amenaza de emplear tal fuerza o violencia, acompañada de la aptitud para realizarla en el acto, por dos o más personas, obrando juntas y sin autoridad en ley”. ¿Quién se atreve a decirle a Pesquera que no tenía autoridad en ley para hacer lo que hizo? ¿Qué ley en el mundo le puede prohibir defender lo que le enseñaron a amar? ¿Cómo castigarlo ahora si ése ha sido su simbólico derramamiento de sangre en el campo de batalla por la patria ajena? No sea cruel y soberbia. Perdónelo. Dele la oportunidad. Su actuación fue estrictamente político-enajenada.

¡Libertad para todos los presos políticos!