Huida

 

          No quiero establecer rayas o distancias, pero de entrada, no conozco al Lic. Ferdinand Mercado. No tiro rayas ni establezco distancias porque siempre he creído que en este ultrajado mundo, somos más iguales que lo desiguales que se imagina doña Sila que somos. No soy del partido del licenciado (soy un independentista que no cree en autoproclamados mesías, que a la vista de los que creen, es no serlo) y nunca fue mi candidato a nada. No puedo tener un candidato que no conozco y con el que ni tan siquiera comparto ideología política. Ya lo indiqué en otro artículo titulado Marcado. Pero en ocasiones hay que aclarar lo que está claro porque hay una estiba de desentendidos intencionales, idiocios y embelequeros de encargo, que llegan a conclusiones al revés por darse el gustazo de ejercer el antiarte de la demagogia. Son los malos hojalateros de la moral que con bondo, relleno y pintura, pretenden tapar el moho y lacras de sus prejuicios.

          Fui a deponer a las vistas de confirmación del licenciado Mercado, no para oponerme ni para avalarlo. Tan sólo fui a decirles a quienes se oponían, lo que previamente había escrito y publicado, y de paso, para mirar a la cara a tanto farsante y comprobar que es cierto: hay muchos en el mismo lugar. Para burlar a los maquillados de la política, señores serios de embuste, cofrades de tumba legislativa de mármol, le añadí unas cuantas cosas más, no para decir cosas distintas, sino para enfatizar las previamente dichas.

          Resumo: dije que a los que se oponían y les importaba tres pitos el activismo político del nominado: que se trataba de un asunto de blanquitería y prejuicios quienes, en su fuero interior, se creen aristócratas del intelecto, lo cual incluye a quienes cogen pon con ellos. Hablé de los egresados de universidades extranjeras, de apellidos, de los adinerados y pálidos y de los de poses de intelectual de cartón y glorias de plástico como Rafael Hernández y su progenie y dos o tres más de su club de privilegiados egocéntricos y megalómanos. Por supuesto, incluyo a independentistas. Los otros se incluyen por definición.

          Como antes dije, somos mucho más iguales que lo que doña Sila quisiera. Pero lo que se dijo ya no importa, porque  en cuanto a Mercado, las dos personas que todos conocen -uno de los cuales no tuvo la hombría de hablar-, desesperados por ver su clase en peligro, se jugaron la última carta: la del despecho y la del odio. Desde que iba los Jueves Santos a ver Vida, pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo en el cine Mislán de mi pueblo, no había visto acto más bárbaro de desamor, venganza y revancha. Una ex-esposa que amuela el puñal del rencor por más de veinte años para ejecutar al hombre al que una vez le juró amor eterno en el momento en que éste lograba su mayor sueño y el que tal vez compartió con ella en sus días de ilusión. Si había verdad en lo afirmado, ¿por qué no lo dijo antes? ¿Qué fue lo que la motivó a esperar por tantos años? ¿Qué acomodo moral del tiempo es ése? ¿Es que acaso no se convierte en mentira una verdad a destiempo, pasada, de desquite, embadurnada de raras pasiones? Después vino el remate y la oportunidad de la gobernadora de separarse de todo aquello que le traía problemas a ella y al partido. Al partido que le ha producido tanto dinero, caculeo social y gloria artificial. Algunos tienen una inclinación congénita y morbosa de aplastar (en mi pueblo decimos «espacharrar») la cucaracha, no conformándose con el asesinato y la humillación. Para evitar una resucitación, había que arrastrar el cadáver por las calles del pueblo.

          Y Sila poco amiga, para su beneficio, ordenó una investigación del pasado, del pasado incierto, apagado, opaco, remoto, lejano, de los recuerdos, de la imaginación. Y, ¿qué reveló la investigación? Pues que pudo haber sido, pero que tal vez no, que pasó pero no pasó, que tal vez sí o no, o podría ser probable y que no hay nada que hacer, que nunca hubo nada que hacer y que todos son unos truhanes que pretenden tomarle el pelo al pueblo como si fuéramos tan malvados como ellos. Eso sí: la investigación, independientemente de quién guiara aquél vehículo de la noche triste, reveló que su conductor no fue responsable de los hechos, pero que en el accidente había dos hijos de dos abogados, uno de los cuales sí pudo ser responsable, pero que nunca fue acusado ni procesado.

          Aún siendo cierto lo alegado por el pelotón ad hoc, quedan dudas irremediables: Un joven de apenas 18 años invitado a ingerir licor por un hombre de 28, hecho y derecho y que estudiaba Derecho. Fiestearon y bebieron. En el momento de conducir, curiosamente, el hombre mayor que estudiaba Derecho, le pasa la llave al más cándido o menos ebrio. Otro los impacta y el conductor joven que no estudiaba Derecho sale del auto, por desesperación, por miedo, por seguridad o a pedir ayuda. Luego se entera de la muerte de su amigo mayor estudiante de Derecho y un abogado le dice que se acoja a su derecho a no participar en una rueda de detenidos.

          Ahí terminó todo. Pero, de haber sido cierta la huida, no puedo evitar preguntarme, ¿cuántos de los que lo fueron a flagelar y en súplica morbosa pidieron su cabeza, no lo hubieran hecho? ¿Acaso Rafael, Aníbal y sus adláteres de ocasión son tan bravitos, serios y responsables? ¿De dónde acá? Si de huir de la responsabilidad se trata, estoy seguro que ellos hubieran corrido por no poder volar. Su vida ha sido eso, correr y huir para evitar responsabilidades. ¿Cómo osan entonces, con mano monga, tirar la primera piedra?