Honorable

Leo en El Nuevo Día, periódico que en su primera plana declara héroes a los peloteros, el final de un trágico drama que, si la insensibilidad no nos corroyera tanto el alma, es motivo de profunda pena. El parte, casi alegremente, anuncia las recomendaciones que hizo la Comisión de Disciplina Judicial en el caso de la juez Maritza Ramos Mercado. Por entender que la juez violó ocho cánones de ética al intentar adoptar un niño, cánones que en sus circunstancias tienden más a canonizar que a prohibir, castigar y estigmatizar, el Tribunal Supremo, en la forma más displicente, le quitó la toga, que es algo así como dejarla desnuda, expuesta al escarnio y la humillación. Para los que enloquecen con esos negros ropajes, es el castigo mayor que se puede imponer a un humano, más allá de privarlo de sus bienes, felicidad y hasta de la vida.

No sé lo que dicen esos cánones, que se aplican como el asunto de las dos varas, pero sé lo que ocurre en esta rectangular Ínsula Barataria que irremediablemente hace aguas negras por las cuatro esquinas. En casos como el del niño Arnas Gaurilcikas, sujeto del conato de adopción, es el Departamento de la Familia el que interviene. Es asím según una ley que había antes u otra que hay ahora, y que los leguleyos, esos abogadotes que saben mucho y parlotean de asuntos trascendentales, la conocen de rabo a cabo. Pues en esas conferencias que ofrecen los entendidos de profundo entendimiento, se desgañitan explicándonos que el Departamento tiene la grave responsabilidad de, nada más y nada menos, velar por el bienestar de los niños. De todos, pero en particular, de los maltratados, abusados, abandonados, víctimas de las aberraciones que se les ocurran a los sacerdotes, padres, parientes, encargados, conocidos, maestros y cualquier otro bambalán de sesera atrofiada, ausencia de alma y espíritu en desbandada.

Sabemos qué es el Departamento. Es el mismo que trabaja dependiendo de quién le haga presión, o de quién recomienda o le envía cartas a La Fortaleza para que intervenga en casos y tuerza investigaciones y procedimientos.  A ese Departamento pertenecen quienes hace poco fueron sorprendidos en negocios de cobranzas por adopciones o por informes favorables o desfavorables. Es el mismísimo que por oscuras razones hace investigaciones de encargo, esconde información, falsifica documentos y altera resultados.  Es el que más se ha encargado, junto a la Policía, de criminalizar la pobreza y establecer normas de bondad y maldad, de hermoso y feo, de rico y pobre, de importante e insignificante: son los perfectos custodios del discrimen.

Entonces, aparece una mujer dispuesta a acurrucar el abandono y ser madre, porque como diría Pachín, “en esta patria mía, toda la que es madre, cría”. Se enteró de que una doña, perturbada o qué sé yo, dejó a un niño solo en este país de corrupción y balaceras y huyó para evitar ser acusada por un incendio y otras minucias más. Para entonces, ya ese niño hablaba, conocía, sabía lo que era el amor, el abandono, la soledad. Lloraba, se entristecía y se preguntaba si era querido, necesitado, amado, despreciado o si había hecho algo que le mereciera tanta desdicha como ser abandonado por la madre que lo parió. Y Dios, que tiene que existir, porque no hay otra forma de explicar la bondad, le envió a una señora que se empeñó en hacerlo feliz y deshacer el dolor de su alma.

Conociendo lo que ocurre en el Departamento y antes de que el niño aumentara más su pena en mano de esos angelazos, solicitó su custodia.  No se lo robó. Nadie se roba lo abandonado, mucho menos a un niño solo. Se lo llevó y se empeñó en hacerlo feliz, desviviéndose por curar el daño causado por la paridora. La veo riendo e intentando hacerlo reír. Llamando a la alegría le compró juguetes y lo llevó al cine, lo llenó de atenciones, besos, abrazos, complació sus gustos con mantecados, dulces y chucherías y le brindó seguridad, y quiso que la felicidad regresara a su maltrecho recuerdo convocándola con la ternura. Es posible que le haya enseñado el significado de la palabra madre y que entre cariños y mimos le naciera una sonrisa.

Los que saben mucho, los rigurosos y perfectos, los de piedra en mano, dicen que, para lograr sanarlo y retenerlo, torció ocho cánones que le molestaban el paso. No saben que para propósitos tan sublimes, la vida la autorizaba, como en estado de necesidad, a violarlos todos. Después, después de que la sonrisa asomó como luz tibia de la mañana, llegaron los que no se ocuparon, incluyendo la que lo parió, y se lo robaron a la señora que se las jugó frías con el dolor. Seguramente algún santurrón gritó: ¡no la dejen renunciar, hay que arrastrar su cadáver por las calles del pueblo para que sirva de ejemplo a cualquier otra madre atrevida!

Luego, con gran liturgia, en pausado y ejemplarizante proceso, emitimos dictamen con los mismos labios que callan ante la injusticia y firmamos sentencias condenatorias con manos cómplices por la dejadez o la indiferencia.  Para mí, que me revientan esas moralidades de hacer picadillo a la gente buena que tal vez fallaron por amor, la juez que ya no es juez, es más honorable que muchos. Me pongo de pie ante usted, señora, y lo lamento.