Gracias Morales

La Comisión Estatal de Elecciones (debería ser la Comisión Nacional de Elecciones), está a punto de encetar un nuevo presidente. No sabía quién era el señor Aurelio Gracia Morales. Lo único que conocía era que actuaba como juez. Ser juez puertorriqueño, en tribunales de Puerto Rico, tiene sus curiosas peculiaridades. La más significativa es, que una vez nombrado y confirmado, los que lo nombran y lo confirman, quieren que el nominado y confirmado, olvide a la cañona todo su pasado político y se convierta en una cosa sin partido, sin convicciones y sin opiniones, y que se descorazonen escuchando parlotear de política a sus parientes, vecinos, amigos y enemigos. Los jueces no pueden recordar sus inclinaciones políticas, ni por quién votaron la última vez, ni a quién le hablaron para que le ayudara en el nombramiento y confirmación, ni qué trabajo realizaban antes de ser nombrados (si era un trabajo político) ni nada de eso que los jefes de la justicia y sus cánones, hipócritamente hacen ver como cosa prohibida y fea. Tal pretensión es una falta de respeto a la dignidad de cualquier hombre de bien. La política nos pica tanto, que hasta en un insípido pleito de pared medianera, y tal vez por mediocridad, morbosamente vemos su fantasma afectando sentencias, órdenes y decisiones. Eso, por decir poco, es mezquino. Los que así sienten, deben ir pensando en poner la justicia en manos de ordenadoras que despachen decisiones a través de apretones de desapasionadas y «jinchas» teclas de «ejecutar».

Amnesia política instantánea es una pretensión estúpida en  un país que chorrea política por todos los poros, desde el saliente hasta el poniente, desde arriba hasta abajo, desde antes hasta después. Aquí, en toda idea, concepto o pasión, sale a relucir la bendita política nuestra de cada día. Eso no es malo y no hay que criminalizarlo ni estigmatizarlo. Además, se presta para antojos y discrímenes: pregúntele a Zaida Hernández Torres. Hay cosas verdaderamente malas, pero que con algún disfraz de honestidad, pasan desapercibidas. Eso ocurre, cuando algunos de los que no hablan, ni dicen ni sienten de política  (por un nombramiento de última hora), por puro agradecimiento se sienten partes del ejecutivo que los nombró y sigilosamente le hacen el juego alegando de umbral, una exquisita independencia de criterio. Todo el mundo sabe lo que pasa, pero ellos, que se mantienen callados, se sienten orgullosos y satisfechos de su silencio político, pensando de paso, que engañan a los que por obligación, no podemos comentar.

Pues, el Honorable Aurelio Gracia Morales, cometió un terrible error que le puede costar hasta el enojo de tipos como Jorgito Castro: el muy honesto se atrevió a no mentir y dijo que era simpatizante del Partido Popular Democrático o algo por el estilo, pero que quiere decir lo mismo. Hasta el juez presidente, ex-presidente de campaña del P.P.D., lo criticó y dijo esas sabias, profundas y conmovedoras palabras: «si yo hubiese sido él, no decía lo que dijo», o sea, hacía buche.

Si fuera a entrevistarlo, para evaluar su capacidad para ocupar el puesto, no le formulaba ninguna pregunta. Bastaría que me repitiera lo que dijo, no por lo que lo dijo, sino por el significado de lo que dijo. La principal característica que se debe buscar en el Presidente de la Comisión Estatal de Elecciones es la honradez. ¿No cree usted que este hombre, que cómodamente pudo ocultar lo que todo el que lo conoce debe saber, demostró el más preciado don para el puesto a que fue seleccionado? Si se mordía la lengua y no decía la verdad, ¿cómo iba a mirar a su familia, amigos, conocidos, dolientes y comisionados de todos los colores? ¿Cómo comenzar con una mentira en un ministerio de verdad? ¿Cómo vivir la honradez actuando deshonestamente?

Algunos fariseos de último cuño, sacaron a galope su larga y viperina lengua para decir que, por su cándida aseveración, se había descalificado. Este país no puede estar tan enajenado. Una cosa es gritar por la pava y ondear banderitas como Fajardo y Toledo, y otra es tener vergüenza de saque. Cuando lo escuché, creí que la gente decente lo aclamaría y lo idolatraría. ¿No le parece que decir la verdad política en Puerto Rico, es colocarse siempre entre dos enemigos? A este hombre valiente no le importó. Soy lo que soy y que se reviente el que no se quiera hacer el favor de tenerme. Por lo que dijo, no tengo dudas que sus dictámenes, votaciones, comentarios y actuaciones, serán como las que hasta ahora ha emitido como juez: pensando y sintiendo como popular, pero decidiendo correctamente, no por ser popular, penepé o independentista, sino por, sencillamente, tener vergüenza. No lo conozco personalmente, pero he recorrido un largo tramo por los trillos, callejones y avenidas del derecho de este país para, sin ningún empacho, afirmar que creo m s en los que dicen lo que sienten y se respetan, que en el que quiere complacer a los Luis Dávila y sus papagayos. Al fin y al cabo, ¿qué bobería es esa de nombrarlo como es y cuestionarlo por serlo?

¿Sabe usted lo que debe significar para nosotros los mortales, que los comisionados electorales de los tres partidos se pusieran de acuerdo para seleccionar un presidente? Definitivamente el hombre tiene que ser un titán de la pradera. ¿No le parece que eso es lo más grande y hermoso que ha pasado en este país desde que se inventaron los días feriados? No soy de su partido, pero desde ahora, tiene mi respeto. Y a los que los prefieren neutrales, que los busquen en la palanca de una transmisión mecánica. Esa no vota, no habla, ni siente, ni padece… ni decide, ni tiene corazón.