El macharrán

En este país pasan cuatro cosas que dejan a cualquiera embobado, pasmado o, como dirían en San Juan, boquiabierto. Años atrás, apareció un siniestro personaje, que en vez de avergonzarse por lo que decía que hacía, lo proclamaba a los cuatro vientos en cuanto medio de comunicación había. Así son las cosas en este país de valores torcidos, inclinados, alterados y trastocados. El hombre era un soplón o delator internacional que con gran orgullo se autoproclamaba ex-agente de la CIA (Central Intelligence Agency). Según lo que ellos dicen, esa gente es algo así como la extinta división de inteligencia de la Policía de Puerto Rico, pero con funciones internacionales. Nada de inteligencia, pero el nombre era sustituto de la falta de. La gestión de la de acá  era la mismísima que la de los de allá: hacer carpetas, entrampar, matar, fisgonear y deshonrar. La diferencia era: más chavos, más gente, mayor  rea de acción y más muertes y torturas. La inteligencia de nosotros tenía a su haber unos cuantos muertos y estos bandidos los tienen por millones.

Si mal no recuerdo, el hombre llegó a la vida pública puertorriqueña en los aciagos días de los 80. Los populares, expertos en cojioquerías, lo creyeron tan importante y trascendente, que usaron su testimonio y supuesto peritaje en una reciclada, caricaturizada, comediatizada y fracasada reinvestigación de Maravilla. De ahí, al estrellato total. Los que lo vieron como cónsul estadounidense y no pudieron evitar un eslembamiento instantáneo, lo invitaron, citaron y hasta escucharon como autoridad en naderías y en ciencias ocultas y perdidas en el espacio con piquete sobrecorrido en la banda contraria. La colonia es el cará. Supuestamente, el hombre era un perfecto conocedor de cantinfladas de defensas, historias de vaqueros y demás cursilerías castrenses. Sus poses de docto, profundo y pensador, eran un vulgar anuncio estereotipado de la soberbia y el narcisismo. Era todo un intelectual sin intelecto, un prevaricador idiomático. Hacía días que no lo escuchaba, para ser exacto, desde que el presidente se vistió de blanco y él, en la contraportada, se vistió igual.

El tiempo pasa, y en su incesante pasar, pasan cosas que no debieran pasar. Un mal día, alguien lleno de coraje, odios y motivos de antaño acumulados y apiñados hasta nuestros días, hizo una avería catastrófica. Cayeron personas, símbolos de poder y unas cuantas cosas más. Más que gente y edificios, cayeron orgullos falsos creados a mollero, poder y dólares. Nada de eso debió pasar. Tampoco debió pasar lo otro. La muerte por hambre, la falta de medicamentos y la vida paupérrima, siempre han sido culpa del que los puede evitar. Los abusos, la imposición de creencias y valores a la trágala, los guilles de fuerza de choque mundial y los bombardeos por doquier, tampoco debieron ocurrir. Por mucho tiempo, la humillación y miseria, fueron la orden del día. Cada bomba que araba el suelo ajeno, sembraba corajes que germinaron y crecieron en surcos de lejanas tierras. Cosas  horribles pasaron. Aunque de lo dicho puede usted creer lo que mejor le parezca, lo anterior no pretende justificar, sino explicar.

Entonces, en Puerto Rico, en este maravilloso país donde los noticieros acostumbran a preguntar a las madres que acurrucan el cuerpo ensangrentado de un hijo: “¿oiga señora, cómo se siente usted?”; recordaron al oscuro personaje de declaración rimbombante en Maravilla. Como si fuera importante, le preguntaron al uniformado de bobo, qué haría en cuanto a los aconteceres metropolitanos. El hombre se botó: “¡el que toca a mi familia es hombre muerto!”, dijo con voz engolada. Eso fue lo primero que dijo este macharrán de capa caída con vocación de James Bond de los 60. Lo otro que dijo es tan prosaico, que no es apto para lectores en búsqueda de paz.

La maldita competencia en la caza de noticias radiales y televisivas impactantes, en este requetenoticiado país, no justifica que en estos momentos se esté azuzando gente con ínfulas de Rambo. Los medios noticiosos tampoco se deben utilizar como cura de egos atrofiados por escuelas militares. No debemos fomentar ni exhibir a los oportunistas de la desgracia. Esos, en cada acción del prójimo, ven un acto diabólico y, en los suyos, no importa lo que hagan, ven un acto de suprema belleza y justicia. Son tan fanáticos como los que critican. Por puro asfixie económico y competitivo, los medios informativos no deben dejar campear por sus respetos a los que se visten de blanco para jugar a quién es más macharrán. Hay que ser más serios y responsables. Si fomentamos a los ex-peritos, ex-agentes, ex-combatientes, ex-delatores y ex-crementos, llegará el día en que los vaqueros, James Bond y Rambos, echen a un lado todas las misas y sermones de los últimos dos mil años y esgriman como lema universal la consigna personal de que “el que toque a mi familia es hombre muerto”. ¿Quién se atreve a tirar la primera piedra, guapetón?. Oye, tú que ajotas, dime: ¿a quién pretendes lapidar? ¿Es que no se te ha ocurrido examinar tu mano ensangrentada?

No es hora de venganzas ni de gritos de guerra. Mucho menos, los del señor presidente. ¿Es que se cayeron las Torres de Babel y ahora nadie se entiende? Oiga, ex-agente de la CIA, no es momento para vestirse de blanco.