Absolución

María de los Ángeles (Angie) Rivera Rangel fue procesada por, supuestamente, haber sobornado a unos cuantos angelitos de los del sátrapa Pedro. Cometió delitos, y como a cualquier hija de vecino, la debieron procesar y juzgar con testimonios relevantes a sus crímenes. Lamentablemente, no ocurrió así. La acusó Gil, ese hombre tan serio que da ganas de reír. Para ello utilizó, entre otros, el testimonio de Fajardo, maravilloso actor que logró que se me saltaran las lágrimas cuando se defendía de lo que llamaba difamación, para luego aparecer ante las cámaras hirsuto, barbudo, arrepentido, millonario, culpable y bembeteador. Lo que ese pobre hombre estaba dispuesto a decir para intentar remediar lo irremediable, es inimaginable. Nunca me ha convencido que el testimonio de un embustero criminal se use para acusar. Si mintió gratuitamente para delinquir, imagínese lo que estaba dispuesto a decir para complacer al Fiscal que lo acusó y le ofreció inmunidad para que mintiera o dijera la verdad que a él le convenía. De todos modos, su testimonio fue casi exculpatorio: «nunca trajo a la atención de su jefe las irregularidades cometidas por ella porque entendía que las llamadas venían del Primer Ejecutivo. Nosotros entendíamos que todas las llamadas eran en nombre del Gobernador». O sea, nosotros partíamos de la premisa de que el gobernador era un traqueteador.

A Gil no le gustó ese testimonio por ser una declaración débil o poco convincente. Por eso sentó a declarar a otro ex convicto: José Miguel Ventura Asilis. Ahí comenzó el salvajismo procesal de los que se atreven a tirar la primera piedra. El multimillonario ladrón tuvo la insensatez, insensibilidad, descortesía y poca hombría de, no sólo declarar sobre posibles delitos, sino de vejar, torturar, atormentar e imponer suplicios al alma de una mujer cuya mayor falta consistió en relacionarse, entre otros, con gente como ély como Fajardo y Pedro.

Sin ningún rubor, y para rebajar su pena carcelaria, ese autoproclamado Adonis tuvo la desfachatez de relatar que fue seducido por ella, quien, según su testimonio de ego hipertrofiado, no resistió sus encantos de bobo afrentoso. Sin ningún decoro, dijo que le hizo insinuaciones sexuales y que aceptó porque la quería tener contenta y finalmente «metió mano». Este tremendo machote, de cuádruple guindalejo y esclerótico corazón, concluyó su atestación diciendo que «nunca hubo amor, lo que hubo fue placer». La acusada, ya acusadora por la transfiguración que produce la vileza, lloraba cabizbaja mientras acariciaba un pañuelo sobre su falda.

Hay que ser bien canalla para dispararse esa maroma. Hay que ser igual de canalla para, con el fin tonto de ganar, utilizar el testimonio de un liliputiense moral, eunuco del alma, que con gran desfachatez se sentó a declarar sus concupiscencias para castigar a la única persona que en todo este lío ha demostrado tener algo de dignidad y decoro.

Este país se tiene que fastidiar con un tribunal extranjero que no entiende nuestras sensibilidades. Oiga señor fiscal y testigo, aquí se juega limpio. Este pueblo respeta a sus mujeres. Los testimonios en su contra, no importa ante quién ni de qué se traten, tienen sus límites. ¿Qué necesidad tenía Gil de poner a ese desventurado a declarar lujurias? ¿Es que pretendía castigarla con la humillación por si resultaba no culpable, o pretendía culpabilidad en asuntos ajenos a las denuncias? Ese «perreo testifical» no nos puede ser indiferente. El deleznable lenguaje del prevaricador confeso, lleva en sus entrañas el prejuicio milenario contra la mujer. ¡Por Dios!, algo se tiene que salvar en este país. Alguien tiene que quedar con un poco de vergüenza. Hasta la perversidad tiene límites.

A los giles y venturas, le decimos que, no importa lo que hagan, nuestras mujeres merecen respeto en su intimidad porque sí, porque son nuestras madres, hermanas, novias, amantes, esposas, hijas, compañeras. Porque nos cargaron, nos amaron y nos parieron. Porque no hay escultor, por más machote que sea, que iguale con sus trabajos la gran obra de ellas. Porque no hay derecho a ser malvado. La misericordia y la piedad no se pueden terminar. La maldad, aunque sea con cara de justicia, no puede prevalecer. Las flores no se pueden marchitar y la poesía acabar, porque de lo contrario, tiramos la toalla.

Tienen que quedar caballeros en este país y tiene que quedar afabilidad, decencia y valores por encima de delitos e ilegalidades. Como ella dijera, existe el undécimo mandamiento del agradecimiento por amor. Hay cosas que no se pueden declarar aunque te amenacen con perjurios. Es por eso que mientras Ventura la señalaba y pisoteaba su intimidad, «ella movía la cabeza de arriba abajo lentamente mirándolo fijamente» mientras lloraba.

Esa mirada acusadora de «arriba abajo», no era sólo para Ventura. Era para todos. Como uno de tantos, me avergüenzo. A María, la agradecida y leal, la apedrearon, no la juzgaron. De mi parte, ya usted pagó con creces sus faltas a la ley. El castigo ha sido severo, mucho más severo del que le impondrán a Ventura por robar y deshonrar. Por la humillación que estos bandidos le hicieron, la prefiero a usted en la calle que a sus acusadores con penas cortas y billetes largos. Y si represento a alguien que piense igual, mi absolución va por ellos también.