¡ABA!

Leí con especial avidez la resolución que emitiera el Tribunal Supremo de Puerto Rico en el caso de la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos en la que determinó no acreditar a la universidad, que es algo así como no darle permiso para existir. La resolución, como fundamento principal para justificar la no acreditación, en sus pobres y lacónicos 16 párrafos, hace mención obsesiva de la ABA en ocho ocasiones. Esto es, en un párrafo sí y en otro no. En buen castellano, ¡aba! quiere decir ¡cuidado! Como sospeché que el Supremo, que cita tanto en inglés, no se refería al ¡aba! nuestro, le pregunté a un inteligente y acaudalado colega graduado de universidad estadounidense (de esos que tanto le gustan a García Padilla, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Puerto Rico y a Martínez Moya) y me dijo que ABA no era otra cosa que American Bar Association. ¡Tremenda chulería! Para no quedarme inculto, busqué entre los trastes viejos de la ley y encontré la rémora del inciso 3 de la Ley número 17 de 10 de junio de 1939, sección 721, el cual sentencia que para ser admitido a la práctica de la profesión de abogado en Puerto Rico, obligatoriamente el candidato deberá: “Haberse recibido de abogado en una universidad aprobada por la American Bar Association y por la Corte Suprema de Puerto Rico; Disponiéndose, sin embargo, que cuando el aspirante se hubiere graduado de abogado en una universidad extranjera, se faculta a la Corte Suprema de Puerto Rico para que, en uso de su discreción, determine si dicha universidad cumple con el equivalente de los requisitos que se exigen de las universidades aprobadas por la American Bar Association, único caso en el cual se considerará suficiente el diploma así recibido;…”

 

Por haber recorrido un largo tramo en esta carrera de la vida y estar de regreso en algunos asuntos de la profesión, sé que las razones que se utilizaron para justificar la no acreditación no tienen que ver mucho con la ABA. Tan es así que al terminar de leer la resolución no pude evitar recordar aquél son de mi época que decía algo así como “Tanta vanidad, tanta hipocresía, si tu cuerpo después de muerto pertenece a la tumba fría…” No sé a quién se le ocurrió que el Supremo pudiera acreditar una universidad que lleva el nombre de Eugenio María de Hostos, no cuenta con dinero, le hace competencia al orden de universidades

 

establecidas, enseña cosas que no se quieren escuchar, tiene entre sus profesores a una distinguida gente prohibida, no cuenta con alumnos egresados de universidades del Norte y no quiere que sus estudiantes formen parte de ese almacén de abogados que hacen trabajo secretarial en grandes bufetes sanjuaneros. Hay gente poderosa, no tan poderosa, fósiles intelectuales y maestros mílites de fama reducida, reaccionarios, católicos, profesores, decanos y ex‑decanos y todo un pelotón en Ponce y San Juan que se opone a su existencia.

 

El Supremo no está solo en esta cruzada. Cuenta con a láteres con pretensiones de cachendosería que le hacen coro en el caculeo social, de clase y de base, y que viven de la eterna añoranza de grandes y prestigiosas universidades estadounidenses y de repartir el bacalao en la educación jurídica en Puerto Rico. El Supremo, custodio oficial de este noble ministerio, procura y fomenta la exquisitez del título y por ello es exigente en sus requerimientos. El que no entienda que el glamour de la profesión necesita de caché institucional desde allá hasta acá, está irremediablemente perdido. Me parece escuchar el grito de “¡Basta ya!: es suficiente que se nos hayan colado dos universidades de dudosa estirpe en este selecto club y que nos tengamos que regodear con sus egresados revalidados. (Basta ya! ¡Bastante sufrió la Asociación de Esposas de Abogados con la maldita etiqueta en los bailes de asamblea en aquellos azarosos días de las acreditaciones de la Católica y la Interamericana! (Que no se repita más! (Se daña el combo, se agua la cosa, se relaja la profesión y se incrementa la competencia! ¡Que jamás se nos olvide la crematística y que vivan los derechos de todos… nosotros!

 

 

Dicen los que saben, que la vieja ABA no es tan importante nada. Tan solo es una institución privada de abogados estadounidenses con la que no quieren cuenta en muchos estados ya que no requieren sus evaluaciones ni acreditaciones para autorizar y reconocer sus facultades de derecho. Pero esa libertad de no querer la ABA se la toman allá donde reparten el bacalao, mientras algunos  colegas se babean por pertenecer a ella y tomar parte en sus organismos directivos. Aquí se puede detener toda una ruta 66 pero no unas siglas de una oscura e inútil institución privada que por casualidad encontré en una resolución injusta y en un viejo libro de leyes. De paso, también me informaron que la ABITA, muy interesada en asuntos académicos, cobra la suma de veinticinco mil dólares por viaje, (gastos para traer a sus evaluadores con todos sus tennis, cepillos de diente, ropita de verano y chaquetas de nerds con codos reforzados) para que le diga a las facultades nuestras si sirven o no sirven, de acuerdo a ellos, que saben mucho y son blancos.  También hay que pagarle hotel, comidas, bebidas, piscolabis y los consabidos etcéteras.

 

Para estas tontas entendederas no hay que ser abogado ni jactarse de gran caletre. Dejémonos de boberías e interpretemos la resolución emitida en forma adecuada: el Supremo y todo lo que representa, no quieren a Eugenio María de Hostos ni a la escuela post mortem que se ha empeñado en fundar. En palabras de Hostos, “La mayor parte de los errores que cometemos en la vida, proceden de la parcialidad de nuestro juicio.” ¡aba!